Calabazas para Navidad

Publicado: diciembre 21, 2018 en Uncategorized

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El árbol amaneció sin regalos, la cena se enfrió sobre la mesa y Gustavo no llegó. Jimena se puso a llorar y yo cada día confirmaba más mis temores. No es que no creyera, pero entre chismes por aquí y por allá, mis compañeros de la escuela y el sospechoso interés de Gustavo por los juguetes en estas fechas, ya me olía algo.
El tema Santa Clós era un secreto a voces como muchos otros en mi vida: que Gustavo le hacía ojitos a la vecina del 202; que mi mamá y Gustavo se bañaban juntos; que al tío Ernesto le gustaban los niños y no las niñas; que Gustavo escondía sus revistas de encueradas entre mis cómics; que mi mamá tenía un gran peluche negro entre las piernas; que Gustavo cambiaba de canal cada vez que aparecía en la pantalla aquel conductor que mi mamá decía que había sido su novio; que mi mamá y Gustavo se escondían cuando llegaba el casero a cobrar la renta…
Lo de Santa Clós nunca me cerró porque además los hijos de Alex, el hermano de Gustavo, me contaron que nunca recibieron regalos en Navidad porque él decía que el panzón era un producto del imperialismo: “Como tus Marlboro, tu cocacola y tu pinche Bacardí, pinche codo”, escuché un día que le gritaba Miriam, la mamá de mis primos.
Mi mamá tenía los ojos rojos de tanto llorar y unas ojeras enormes porque llevaba dos noches sin dormir. Cuando el 24 le avisó a Alex que Gustavo no había llegado a la casa, Miriam gritó que no le extrañaba nada de ese pinche desobligado. Alex nos invitó a cenar a su casa en Nochebuena, pero mi mamá no quiso salir porque tenía la esperanza de que llegara Gustavo. Preparó chuletas ahumadas con mermelada y brindamos con cocacola al llegar la media noche para no preocupar a Jimena. Mi mamá se quedó fumando en la sala, cosa extraña porque ella nunca lo hacía enfrente de nosotros, sólo con sus amigas cuando salían a tomar algo y Gustavo se quedaba cuidándonos.
Yo tampoco me pude dormir y aprovechando que mi mamá estaba en la sala, me puse a ver una de las revistas de Gustavo. Alex llamó por la mañana y le dijo a mi mamá que fuéramos al recalentado, pero ella lo mandó a volar y le pidió que mejor la ayudara a buscar a mi papá.
De no muy buena gana y bien crudo, Alex accedió. Jimena y yo nos quedamos con Miriam, que no dejó de insultar a Gustavo y a decir que le estaba echando a perder las vacaciones, la vida y lo demás…
Mi mamá y Alex llegaron en la tarde sin noticias y por la noche ella llamó a su amigo el conductor de TV para pedirle un consejo. Volvió a llorar.
Gustavo apareció a los tres días, inconsciente en la cama del Hospital de Xoco. Estaba detenido.
Mi mamá trataba de escondernos la situación, pero el tío Alex no era muy discreto y soltó la sopa. Ella insistía en que Gustavo no tenía la culpa de nada, que seguramente un borracho lo había chocado. Alex meneaba la cabeza ante la ceguera de mi mamá.

A mí no me dejaron ir a verlo. La verdad que ni quería. Sospechaba que la ausencia de mi padre tenía que ver algo con la no llegada de Santa Clós y me daba coraje que hubiera dejado a Jimena sin sus juguetes. La verdad, a mí no me interesaban los regalos, sino las ojeras de mamá y sus ojos rojos de tanto llorar.
Un día antes de Año Nuevo Gustavo abrió los ojos y primero pidió hablar con Alex. Eso a mi mamá le dolió. Alex salió preocupado y le dijo a Ernesto que tenían que ir a ver el auto a la delegación. Como mi mamá estaba en el hospital y a mí no tenían con quién dejarme, fui con ellos. A Alex no le importó que fuera en el asiento de atrás y comenzó a platicar con Ernesto las andanzas de Gustavo.
Llegamos a la delegación y nos llevaron a ver el auto. El Valiant de Gustavo estaba hecho pedazos de la parte frontal. “A este pendejo no le pegaron”, dijo Alex, “este cabrón se llevó al otro de corbata”. Mientras platicaban con un licenciado de la delegación yo me asomé adentro del Valiant.
En el piso había, confeti, colillas de cigarro y dos vasos de vidrio con el logotipo de brandy Presidente, un casete de los Ángeles Negros y el de Camilo Sesto que Gustavo ponía cuando se juntaba a jugar póker con sus amigos en casa. También un gorro de Santa Clós manchado de sangre.
El coche estaba inservible y las puertas de adelante no se podían abrir. Pero la cajuela estaba abierta y me asomé. Entre un regadero de estopa y latas de aceite, vi unas bolsas rotas de la Mercería del Refugio, la caja de una Barbie vacía y pedazos del tren Lily Ledi que le había pedido a Santa Clós. La panza se me revolvió del coraje.
Alex y Ernesto fumaban recargados en lo que quedaba del Valiant y me acerqué. Alex me abrazó y me pasó la mano por el pelo. Aunque yo estaba enojado, su caricia me reconfortó. “¿Todo bien, campeón”?, me preguntó.
“Pos yo creo que con Santa Clós iba Cenicienta”, les dije. Alex y Ernesto me voltearon a ver con cara de “qué le pasa a este wey”.
“Es que ahí adentro, además del gorro de Santa Clós, hay una zapatilla dorada… Y el coche se les hizo calabaza”.

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Osito

Foto: Tomada entre los escombros del multifamiliar de la Colonia Educación / Roberto Vargas

 

“Refulgentes ojos que da pánico soñar, porque junto a ellos los nuestros parecerían ciegos”.

                                                                                                                          José Joaquín Blanco

 

¿Alguna vez has visto a los ojos a alguien que está a punto de morir? ¿Has sentido su mirada fija; lo has visto aproximarse, abrazarte, hacerte conversación, aconsejarte…?

Seis horas después del terremoto, el metro sale del túnel para sumergirse en la oscuridad intimidante de Calzada de Tlalpan. La luz de los autos rasga la espesura de la noche más negra que recuerde. De San Antonio Abad a Taxqueña, sólo los anuncios de neón de algunos hoteles de paso – ¡¿De verdad alguien tiene ganas de estar ahí hoy?!- modifican el paisaje postapocalíptico. En Chabacano, una panificadora que lleva por nombre -¡qué ironía- “La Esperanza”, es el único local comercial abierto en casi 10 kilómetros.

En el vagón, el silencio se apodera de los pasajeros. Nadie se mira a los ojos, nadie habla. No hay vendedores ni mendigos. La ciudad ha enmudecido. Los ojos de la gente dicen más que sus palabras. Hay sufrimiento. Hay dolor.

Las carcajadas de dos niños rompen las cavilaciones de los adultos. Se tiran al suelo sin importar la suciedad. Llevan uniforme de una primaria oficial, las mochilas a cuestas. Llama la atención que viajen solos en un día así: “¡Cómo se movía, cabrón!”, dice uno de ellos. Él otro se levanta, baila, se sacude de un lado a otro, simula el movimiento de la tierra horas atrás. Vuelven a reír. Nadie les reclama. El metro se detiene más de cinco minutos en cada estación y para cuando llegamos a Portales, ambos duermen recargados en un rincón.

Cierro los ojos y recuerdo el momento en que comenzó el sismo. Trato de imaginar mi mirada durante esos instantes eternos. La sacudida me derriba un par de veces y avanzo a gatas, cuando me levanto, los primeros ojos que encuentro son los de Bernardo, que abrazado a otros compañeros de trabajo resisten en el marco de la puerta que da a las escaleras del cuarto piso. Se me doblan las piernas y Sergio me sostiene. Pienso en mi hija. Sólo quiero abrazarla una vez más.

Cuando salgo a la calle, cientos de ojos asustados me miran. Son mis compañeros; no reconozco ningún rostro. De repente, recuerdo el título de aquel viejo ensayo que José Joaquín Blanco escribió en el suplemento Sábado, de UnosmásUno, en 1979: “Ojos que da pánico soñar”. Siempre me gustó la frase (¡Valga el homenaje aquí!). El texto no tiene nada que ver con este momento, pero hoy no me puedo despegar esa línea.

En General Anaya el tren parece no moverse en años. Apenas dos kilómetros adelante, un edificio en el multifamiliar de la Colonia Educación está en ruinas. La cancha de futbol de cemento donde cascareaba hace 30 años con Alberto Minero y el Topo, Adrián Aguilera, es el centro de mando de los rescatistas. Más al fondo, en Coapa, el caos se vuelve mediático.

¿Alguna vez has visto a los ojos a alguien que está a punto de morir? Recuerdo los primeros ojos que me encuentro cuando atravieso Avenida Chapultepec. Son los de Paco Arredondo llenos de lágrimas. Llora desesperado porque no sabe cómo está su hija. Trato de tranquilizarlo, yo también quiero saber de Camila. Consigo una tarjeta de Ecobici y me interno pedaleando por la Colonia Doctores, luego la Roma, antes de llegar a Condesa. Miro las primeras fachadas caídas, las miradas de angustia y reclamo. Sí, es 19 de septiembre, como hace 32 años.

El colegio de Camila está a salvo, pero a ella no la puedo ver. Georgina lleva en los brazos a Ringo, que asustado mueve los ojos de arriba abajo. Observo los primeros edificios derrumbados y, en medio del olor a gas, atravieso el Parque España, el Parque México e Insurgentes, cruzo Medellín rumbo a la casa de la familia de Arredondo para verificar que se encuentre bien. Les tomo una foto que no puedo enviar.

De regreso, en Monterrey y Coahuila, la gente voltea desesperadamente a la izquierda, veo una nube de polvo que se eleva cuadras adelante: el edificio de la esquina de San Luis y Medellín se ha desplomado tragándose en sus entrañas a Erick Gaona.

Confieso que he llorado… Mucho menos de lo que he querido. Pensar que el terremoto del 85 fue mil veces peor no cambia nada. Una sola muerte ya es una tragedia. Más tarde, mientras comemos, los ojos celestes de Miguel Padilla me quieren decir algo, no tengo que preguntarle qué.

El sábado ha vuelto a temblar. En el auto en que vamos a Morelos a dejar víveres con una caravana, el “Huevo”, el “Chango” y yo, escondemos nuestros miedos detrás de los cristales oscuros de las gafas que llevamos puestas. Escuchar a nuestros afectos por el celular nos tranquiliza. La gente sale a las calles, allá en el Periférico oriente, con incertidumbre. Saben que ya nada volverá a ser igual. No hay resignación. Hay enojo. Son ojos que da pánico mirar… ¿Alguna vez has visto a los ojos a alguien que está a punto de morir?

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Un viernes de 1998, después de una noche de cervezas en casa y de escuchar hasta el hartazgo el “Comfort y música para volar”, de Soda Stereo, fui a la Yamaha de Insurgentes Sur y me compré un bajo azul. Mi sueño era armar una banda con amigos y tocar en el Naked City. Al bajo le puse calcomanías de Biohazard y Raiders, pero después de varios palomazos la única rola que saqué completa fue “Crazy train”, de Ozzy Osbourne.

Tras varios intentos fallidos por aprender a tocar, reconocí mi falta de tiempo y, principalmente, de talento para hacerlo, por lo que decidí vender bajo y amplificador. A decir verdad, no lo vendí, fue un trueque con Mauro: “Te doy mi equipo y me abres una cuenta hasta que consuma el precio acordado por las cosas”. Pensé que iba a chupar “gratis” un año, pero creo que me bebí todo en menos de dos meses.

Nunca pude sacar el riff de “Entre caníbales” ni tampoco “hacer ruido” en el bar, pero el sueño de ver aquel bajo azul sobre el escenario del Naked City me lo cumplió este chavo, Alfredo Jaime, el hijo de Mauro, quien le dio la vuelta al instrumento (es zurdísimo), formó su grupo y se puso a tocar. En uno de mis cumpleaños, Blind Justice fue la banda abridora.

Vasos vacíos

Publicado: agosto 30, 2017 en CDMX, De la calle, Rock, Uncategorized

 

 vasos vacíos

“If you could deal with your reflection,

I’m sure you’d see into my eyes,

There’ll be no need for resurrection,

Let’s drink to people of the lies”

“Demon alcohol”, Ozzy Osbourne

 

Para Manolo Almazán y Hugo W., donde quiera que esté.

“¿Le has dicho más de una vez a una ‘teibolera’ que la vas a sacar de trabajar y te vas a casar con ella?… Si lo has hecho, éste es el lugar que estabas buscando”.

La broma le quita dramatismo al momento, te arranca una sonrisa, te relaja… Estás a punto de ingresar a tu primera junta de Alcohólicos Anónimos y convertirte en uno de los aproximadamente 300 mil mexicanos que acuden a las juntas que ofrecen miles de centros de AA a lo largo del país.

Te muestras avergonzado y no levantas la cara, no miras a los ojos a pesar de la cálida recepción que te dieron los ‘compañeros’ en el café de la esquina cuando Marcelo, al que desde hoy llamarás padrino, te presentó.

Buscas un lugar en la primera fila del salón frente al escritorio donde ves varios libros, un reloj y una campana. Al otro lado hay un sillón. En la pared, debajo de un tragaluz, está un crucifijo de madera desde donde Cristo observa, misericordioso, a algunos de sus hijos más descarriados… y divertidos.

La junta está por comenzar y alguien de tu edad se te acerca: “Bienvenido, compañero’. Dice mientras te palmea la pierna. ‘¿Sabes qué?, tú tienes una gran ventaja al estar aquí, llegaste solo… A mí me llevó mi suegro a punta de chingadazos a un ‘anexo’, ahí sí está cabrón”. Alguien ha puesto sobre el escritorio un pastel con tres velitas y una morena joven y guapa toca una campana. La junta está por comenzar.

“Buenas tardes compañeros, mi nombre es Andrea y soy una enferma alcohólica y drogadicta, estamos por comenzar una junta más del grupo, que hoy voy a coordinar porque cumplo tres años aquí. Si hay alguien que venga por información, por favor levante la mano y diga su nombre”.

La voz te tiembla y tu cuerpo se estremece cuando levantas la mano y te presentas. Observas fijamente a Andrea y sientes en tu espalda las miradas curiosas de los compañeros.

Andrea deja el escritorio y se sienta en el sillón. Viste un vestido blanco de manta y unas elegantes sandalias del mismo color. Luce preciosa con el pelo negro y lacio que cae sobre sus facciones perfectas, su cuerpo menudo y firme, sus pies delicados y coquetos. Su cara te parece familiar, crees reconocerla de algún lado.

Comienza a dar las gracias a todos los presentes, a sus padrinos, a su madre, a su esposo y a su pequeño bebé que están en primera fila, del otro lado del pasillo. De pronto voltea y clava su mirada en ti, sus ojos negrísimos te intimidan. Piensas que está molesta, eres el nuevo y le has arruinado la fiesta de aniversario que quería compartir con sus amigos. Pero no es así, con una voz dulce que te conmueve, te agradece por estar ahí. Para ella es un regalo compartir su testimonio de vida después de tres años de sobriedad.

Te cuenta de sus años en la ‘actividad’ y de sus tres intentos de suicidio; de los 12 pasos y las 12 tradiciones de Alcohólicos Anónimos; te muestra a su bebé de un año como testimonio de su nueva vida; te platica de su etapa como modelo. ¡Lo sabías! Su cara te resultaba familiar, su rostro es inolvidable.

Andrea llama a la tribuna a sus amigos y uno a uno suben a felicitarla y a compartir su experiencia. Un médico, un abogado, un comerciante y un empresario se congratulan con ella y voltean a verte para darte la bienvenida, comparten contigo alguna de sus experiencias y te dejan todos el mismo mensaje: ‘Sí se puede’.

Han pasado casi dos horas y en tu mente confundida tratas de analizar los testimonios que has escuchado. De repente, te regresa a la realidad el rezo colectivo de un Padre Nuestro y la Oración de la Serenidad, sello indeleble de AA. Terminan cantando su versión particular de ‘Las Mañanitas’ (“… a los mu-chachos borrachos, se las cantamos aquí”). Estás a punto de llorar.

Marcelo se acerca y te da un abrazo: “Todo está bien”, te dice mientras te presenta con otros ‘compañeros’. Andrea se acerca y te felicita por tu presencia.

El salón está lleno de humo de cigarro, de olor a café y del aroma a perfumes caros. Miras a tu alrededor y te parece difícil creer que todas esas personas que se han portado tan amables contigo tengan un pasado de dolor provocado por las drogas y el alcohol. Desde el fondo del salón se levanta un hombre de pequeña estatura vestido elegantemente. Los demás lo saludan indiferentes, pero él llega frente a ti y se presenta: “Hola, qué tal, yo me llamo Egidio y soy médico, estoy para servirte. Qué bueno que estás aquí. El éxito de esto depende de la constancia. Te esperamos mañana”. Agradeces la cortesía y buscas a Marcelo entre la gente. Es el momento de partir.

‘No te compares’

Es tu segundo día. Llegas temprano y alcanzas una parte de la junta para principiantes. Te presentas y te escuchan un par de preparatorianos y un estudiante de economía de una universidad privada. La junta la coordina Ricardo, un ingeniero civil cuarentón y fanático del rock progresivo. Te extiende una tarjeta con su teléfono y te dice que le llames “con confianza” si en algún momento tienes ganas de beber: “Yo también fui chavo y te entiendo. A veces me daban ganas de seguir en el reventón con mis cuates, pero no te atormentes, llévatela leve, no pienses que ya nunca vas a volver a chupar, piensa en que hoy no lo vas a hacer, sólo por hoy, mañana quién sabe, pero hoy no”.

Tu padrino no va a la junta regular de los miércoles y te sientes desamparado en el salón, pero Egidio y un par de compañeros más te felicitan por estar nuevamente ahí.

Michel es uno de los padrinos más socorridos del grupo. Siempre serio y elegante, abandona constantemente el salón para platicar con algún compañero.

“A mí me trajo un ángel a este grupo”, lo escuchaste decir dirigiéndose a ti la tarde anterior, “me dejó en la puerta y me dijo: ‘Yo ya te traje hasta aquí, es tu pedo si te quieres salir’. Y me dio tanto miedo que aquí me quedé”.

Ves caras nuevas y encuentras entre los asistentes rostros conocidos, como el de un veterano actor y el de una actriz de segunda línea que salía en un programa cómico a mediados de los 80. Es tu primera junta en forma y comienzas a escuchar testimonios que te dejan con la boca abierta.

Como tú el día anterior, alguien se acercó al grupo a pedir información. Es un muchacho no mayor de 20 años con los ojos invadidos de pánico y una mirada huidiza que constantemente clava en el piso. Te preguntas si tú lucías así 24 horas antes.

A los dos les recuerdan que el alcoholismo es una enfermedad incurable, progresiva y mortal, que no respeta raza, edad, religión o condición social; que no necesitan terminar tirados en la calle para ser unos “teporochos”; que todos están enfermos…

Te aterra imaginar lo que podría ser nunca volver a escuchar una canción de los Rolling Stones con una cerveza en la mano. Vas por un vaso de agua y tratas de analizar lo que has escuchado.

“Nunca he chocado con copas encima, no perdí el trabajo, no he caído en el ‘bote’, nunca me drogué, no me he prostituido por el vicio, mi familia me quiere…” Piensas mientras sales de la junta muy seguro de ti mismo, pero una llamada de Marcelo te vuelve a la realidad: “No te compares, nunca te compares con los demás… A lo mejor tu ‘fondo’ es más leve que el de otras personas, pero si ahora te sientes incómodo por tu manera de chupar es importante que le pongas el alto, ¿vas a pararle cuando mates a alguien, cuando te quedes sin familia?”. Las palabras de tu padrino te hacen recordar tus borracheras de antaño.

‘Todos estamos enfermos’

Es jueves y llegas a la junta media hora antes de que inicie. Te quedas parado en la acera y ves entrar a los compañeros. Te llama la atención una señora que llega con su chofer; la mirada de tristeza de algunos adolescentes que han sido obligados por sus padres a asistir al grupo. Egidio te saluda antes de entrar y Marcelo te mira de reojo. El “doctor”, como lo conocen ahí, no es muy querido en el grupo: “Le dio de tomar a una de sus pacientes y la violó”, te cuentan.

Entras al salón y te sientas en una esquina, desde ahí observas a tus compañeros. Ves a los padrinos más influyentes sentados en las filas de atrás. Ves a los chavos de las filas de adelante platicando, mientras una señora con acento extranjero cuenta en la tribuna cómo se prostituía con taxistas para conseguir otra “piedra”. Te llama la atención, por sobre todas las cosas, la mirada perdida de Bárbara al contar que tiene una lesión cerebral irreversible por el abuso de la cocaína y el alcohol y que nunca se va a poder embarazar.

Los rostros serios, con el sufrimiento a cuestas, contrastan con la actitud “cool” de otros compañeros sentados con cara de “aquí no pasa nada”. La mirada de enojo de Guillermo, un empresario venido a menos que se niega a aceptar su alcoholismo, es diametralmente opuesta al semblante de resignación de Pepe, un veterano funcionario de banco que arranca algunas sonrisas, entre ellas la tuya, con su sincera confesión: “Yo soy alcohólico porque me encantaba el pedo, así nomás”.

Las carcajadas estallan cuando un cuarentón con el pelo canoso narra con cinismo: “Para dejar de chupar intenté de todo, ¡hasta me compré un perro!”

Miras la cara de tus compañeros y te intriga saber qué culpas esconderá cada uno, qué heridas intentan reparar; piensas en las tuyas propias.

Descubres sentada adelante de ti a la ex integrante de un grupo musical muy de moda cuando tú eras niño y te sorprende lo demacrada que se ve; enfrente ves a un conductor de televisión y a un cantante que, según te cuentan, llegó ahí meses atrás acompañado por su hermano.

Escuchas a Elizabeth, una rubia de gran estatura. Tiene 22 años y se cortó las venas una semana atrás. Se disculpa por no haber ido a las juntas y confiesa que también asiste al psicoterapeuta y a un grupo de ayuda para mujeres con trastornos de alimentación. “Qué loco”, piensas, “adicta a los grupos de autoayuda, como Edward Norton en ‘El Club de la pelea’, qué loco, me cae”.

“Que buenas viejas hay aquí”, le dices a Marcelo apenas termina la junta, pero tu padrino, un ‘donjuán’ empedernido, te responde molesto: “Pues sí, cabrón, pero aquí no venimos a buscar novia. Agarrar aquí a una vieja buena es fácil por la soledad con la que todos llegamos, pero la experiencia dice que cuando empiezas a salir con alguien del grupo y uno recae, se carga la chingada a los dos”.

Escuchas el Padre Nuestro y rezas la Oración de la Serenidad. “… valor para cambiar las cosas que puedo”. La frase te rebota en la cabeza, pones un billete de 20 pesos en la canasta y te llevas las tazas sucias a la cocina.

‘Sólo por hoy’

La junta del viernes es menos concurrida que las de los otros días: “Es normal”, te dice con su voz ronquísima una cuarentona que te recuerda a Lorena Velázquez en una película de El Santo. “A veces a mí también me da hueva venir los viernes y me voy con los muchachos a un Vips, a Coyoacán, a un concierto… Nos gusta seguir saliendo, pero ya no chupamos”. Ella sube a la tribuna esa tarde y cuenta que volvió a discutir con su hijo, que también es alcohólico.

Con Michel has platicado poco, pero su experiencia te ha ayudado. Habla mucho, pero no te dice más de lo que ya sabes: “No tenemos un padrón de miembros, a este grupo, yo creo que vienen unas 200 personas, pero a quién le importan las estadísticas, lo que queremos es ayudar. La decisión es tuya”.

Marcelo entra y te saluda a lo lejos. No se queda mucho tiempo y lo ves salir de prisa. Te hace una seña de que luego te llama. Escuchas arrancar su auto. Te dan ganas de salir.

Volteas a ver el reloj y te sales del salón. Enciendes el celular y revisas tus mensajes: hay una invitación para jugar dominó, otra para una lunada en Xochimilco y la última “para ver qué hacemos”. Te sientes tentado a contestar a cada una de ellas, pero algo te dice que no. Sientes un gran vacío en el pecho y te paras en la puerta del salón. Ya no te dan ganas de entrar. Suena el teléfono. Te invitan a una fiesta más tarde. Tu respuesta es tajante: “No, sólo por hoy no”.

tumba

Apenas supo el mundo de la muerte de Juan Gabriel, todos manifestaron lo que representó ‘El Divo de Juárez’ en su vida. Este artículo lo escribí de ‘bote pronto’ para el sitio web del diario As México. Por una semana se mantuvo como el artículo más leído en la web de As Chile.

 

La pasión que levantó Juan Gabriel en este país es indescifrable. En su clásico de 1981, “Escenas de pudor y liviandad”, Carlos Monsiváis definió a “El Divo de Juárez” como una institución nacional, a la que comparaba, incluso, con el escritor Salvador Novo.

Alberto Aguilera Valadez, Juan Gabriel, dejó de existir este domingo (28 de agosto de 2016) en Santa Mónica, California, muy lejos de la tierra que lo vio nacer el 7 de enero de 1950, pero que lo vio triunfar, como todo su país y el mundo entero.

Juan Gabriel no es de los mexicanos, es un músico universal. Sus composiciones han sido cantadas por artistas tan distintos como Marc Anthony o Thalía; Laura Paussini o Chayanne; Alejandro Fernández o Vicentico; Jaguares o Pandora; la Maldita Vecindad y Rocío Durcal, quizá su más conocida intérprete.

La sencillez de sus composiciones, la universalidad de sus temas, su canto al amor y al desamor, han hecho que en México prácticamente nadie desconozca una canción de su autoría, que se cantan lo mismo en bodas que en bautizos, en graduaciones de colegios privados que en bailes de barrio, con mariachi o en covers de bandas de rock.

Juanga era un placer culpable y necesario. Su historia del esfuerzo y el ascenso social atrapaba a propios extraños. De una infancia llena de y privaciones y maltratos al estrellato, a los mejores escenarios de México y el mundo de habla hispana; de su paso por la penitenciaria de Lecumberri a los millones de discos vendidos, al reconocimiento total.

Pero su historia también fue la de la gratitud, de ahí la composición de su nombre artístico, Juan Gabriel, por Juan Contreras, su primer maestro de música y Gabriel, por el padre ausente.

Para Monsiváis, que apoyó la presentación de “El Divo de Juárez” en el Palacio de Bellas Artes, en 1991 (escribió, incluso, el programa de mano del evento), el encumbramiento de Juan Gabriel fue el “reconocimiento a la diversidad” y al compararlo con los Pedro Infante, Joaquín Pardavé o Tin Tán, los definió como “símbolos, emblemas, formas lingüísticas que, asimiladas y ‘reconvertidas’, serán parte de la cultura popular”.

“En el encono contra Juan Gabriel -escribió Monsiváis- actúa el odio a lo distinto, a lo prohibido por la ética judeo-cristiana, pero también se manifiesta el rencor por el éxito de quien, en otra generación, bajo otra moral social, hubiese sido un paria, un invisible socialmente”.

¿Qué era la música para Juan Gabriel? “Una manera de comunicarme con los míos, de agradecer que soy parte de cada persona que ha contribuido a mi realización. Creo en ella con toda mi devoción, pues gracias a ella no soy un desgraciado: he tenido para comer, para hacer muchas cosas que no hubieran sido posibles si me hubiera dedicado a otra cosa”, como lo dijo en una entrevista para el diario La Jornada en 2012. Para Juanga, su público era todo y él, junto a Agustín Lara y José Alfredo Jiménez, forman parte de la trilogía que “educó” sentimentalmente a todo un país.

En un mundo de artistas creados artificialmente, de cantantes de plástico, Juan Gabriel permaneció por su autenticidad y su sencillez, virtudes que le reconoció el público hasta su último aliento.

Provocador, frontal, divertido, transgresor, el legado de Juan Gabriel será eterno, como la devoción de sus seguidores. Hace apenas algunas semanas le llovieron críticas por atreverse a hacer un cover de la clásica canción de la banda estadounidense Creedence Clearwater Revival “Have you ever seen the rain?”, que él títuló “Gracias al sol”. Como a lo largo de su carrera, salió ileso de los comentarios negativos. Incluso, horas después de conocer su deceso, el propio John Fogerty, el compositor de aquella canción, le dedicó unas palabras al ídolo michoacano.

¿Qué es la muerte?, le preguntaron más de una vez y respondía sin miedo: “Cuando yo me duerma, ella despertará, es una cosa tan natural”.

“Juan Gabriel no era “inmorible”: es inmortal. Se fue el hombre pero queda el músico, enorme y eterno”, escribió este domingo el cronista colombiano Alberto Salcedo Ramos en Twitter.

¡Ay Juanga, cómo quisiéramos, que tú vivieras!

 

Valdano y Roberto Vargas

Febrero de 1998:

Primer acto. Miércoles por la noche. Se concreta una cita para entrevistar a Jorge Valdano, junto a Miguel Padilla, para el diario Reforma y el semanario Señor Futbol. Llego a casa y tomo “Sueños de futbol”, le doy una leída y lo dejo en la mesa de la sala para llevármelo al otro día. Al buscarlo por la mañana, lo encuentro tirado en el suelo mordisqueado por Tina, nuestra mascota. ¡Me quiere dar un infarto!

Segundo acto. Jueves por la mañana. Corró a la librería “El Sótano” para comprar otro ejemplar. Encuentro el que había dejado escondido para un colega y lo compro.

Intermedio: Llegamos a las instalaciones de TV Azteca a la hora pactada para la entrevista. Valdano se había ido a su hotel. ¡Sudamos frío! Padilla y yo bajamos corriendo rumbo a la salida, a ver si encontrábamos a “El Filósofo” antes de que llegara a la calle. De pronto, el trasero monumental de una rubia nos hace voltear: era la conductora Rocío Sánchez Azuara. Mientras la contemplábamos, una secretaria nos alcanza: “El señor Valdano regresó”.

Tercer acto. Después de la entrevista, en la oficina de José Ramón Fernández, Valdano me firma el libro y me escribe la siguiente dedicatoria: “Para Roberto, con el deseo que compartamos sueños”.

Sueños 1

Acto final: Jorge Valdano visita la redacción de Reforma en 1999, ya como colaborador del diario. En medio de una sesión de fotografías y autógrafos, le cuento la anécdota del libro mordido. Ríe y me firma el ejemplar dañado con una nueva dedicatoria: “Para Roberto, que le da de comer sueños al perro, con el deseo de que le aprovechen”.

Sueños 2

Tenía más de 10 años de no charlar con Jorge Valdano. Durante ese lapso, lo vi un par de veces en presentaciones de libros y, durante mi breve paso por Récord, revisaba los artículos que mandaba todos los jueves para publicarse el sábado.

El martes coincidimos en el Estadio Azteca, donde grababa la recreación del gol que le convirtió a Alemania en la Final de la Copa del Mundo de 1986. Siempre amable, charló ampliamente con el equipo de TDN, que se encontraba ahí para una nota especial que saldrá al aire el siguiente torneo de la Liga MX.

Con Lalo Bacas nos acercamos a Valdano sobre la cancha. El santafesino y el tucumano, un ex Rosario Central y un ex Newell’s Old Boys, recordaron la concentración de la Selección Argentina en las instalaciones del Club América, en 1986.

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“Tres días antes del partido contra Inglaterra”, cuenta Bacas, “jugamos contra Argentina acá. ¡Les dimos un baile… ! Ganábamos 2-0 y Bilardo estaba como loco. Gritaba, corría, se metía a la banca, hacía cambios… No paró el partido hasta que empataron. Nosotros comenzábamos la pretemporada, estábamos muertos… Nos decíamos entre nosotros: ‘Ya déjenlos pasar para irnos a la mierda…’ Pero Alfredo (Tena) no quería…”

Comenzó a llover cuando Valdano abandonaba la cancha: “Así debería haber llovido el día de la Final”, dijo antes de entrar al túnel. Un lujo escuchar esas anécdotas de boca de sus protagonistas.

* El negativo de la foto de aquella entrevista de 1998 nunca me lo entregó Daniel Gazca; conservo el audio íntegro de aquella charla en un mini casete.

Pablo Larios

Aquel martes (3 de noviembre de 1998), mi agenda de trabajo en el diario Reforma indicaba que me tocaba ir al entrenamiento de Toros Neza, en el vetusto Neza 86, el inmueble que recibió tres duelos de la Copa del Mundo de 1986, incluidos dos de la Selección de Escocia, a los que acudió la estrella de rock Rod Stewart.
Por la mañana, antes de salir de casa, le comenté a mi papá que iba a cubrir el entrenamiento de Toros. Me dijo que no conocía el Neza 86 y, contrario a mi costumbre, lo invité a que me acompañara.
Por aquellos años, Toros Neza era uno de los pocos equipos que dejaba entrar a sus entrenamientos a prácticamente cualquier persona. Además, la salida del “Turco” Mohamed seis meses antes y el último lugar que ocupaba en la tabla de posiciones, no invitaba a muchos reporteros a acudir a las prácticas. Pero eso cambió un día después.
Lo que sucedió está relatado acá abajo sin editar. Tal y como salió publicado en la primera página de la sección deportiva de Reforma un día más tarde (¡Qué mal redactaba, por cierto!)
Mi viejo me preguntó aquella la noche: “¿A poco vas a publicar todo eso?” (ya me había escuchado mandar mi adelanto al salir del estadio). Le respondí: “Tú viste lo que pasó, no puedo ocultar la verdad”. Se quedó callado un rato y me dijo: “Te vas a meter en un problema”.
Al otro día, Miguel Padilla, el editor de futbol, me mandó a cubrir la práctica del América y otro compañero, uno de los más experimentados de la sección, fue al Neza 86.
Cuando llegué a comer, mi viejo se asomó por la ventana y me dijo: “¡Sube en chinga para que escuches el desmadre que armaste!” En Los Protagonistas, Juan Antonio Hernández, dueño del equipo, anunciaba la separación del plantel de los porteros Pablo Larios y Ramón Alonso, además del veterano defensa Miguel Herrera.
Por la tarde, en la redacción, Héctor Quispe, muy molesto, se quejaba de que había ido a Neza a “arreglar las tonterías que hizo este señor” y señalándome me dijo: “Dice Manzo (Manuel, el técnico del equipo), que si tienes pantalones lo vayas a ver. Ah y Miguel Herrera dice que cuando te vea te va a romper la cara”. Alejandra Benítez también me pasó el mensaje: “Dice Miguel (Herrera) que eres un mentiroso y que te va a romper la madre”.
Mediático, desde entonces, el “Piojo” le tomó la llamada a todos los programas vespertinos para desmentir lo ocurrido un día antes. Repitió una y otra vez que no había lesionado a nadie y que no me conocía.
Hernández se echó para atrás dos días después, pues Toros Neza enfrentaba a Cruz Azul el fin de semana, y perdonó a Herrera. La titularidad en el arco del cuadro burel la tenía asegurada el guardameta argentino Marcos “La Anguila” Gutiérrez, por lo que Alonso no regresó y Pablo Larios, el portero titular de la Selección Mexicana en el Mundial México 86, no jugó nunca más.

 

El enojo burel

Roberto Vargas (REFORMA, 4 de noviembre de 1998)

Son actualmente el peor equipo del futbol mexicano, el sábado enfrentarán al Cruz Azul, líder general del torneo y sin embargo, Toros Neza se toma las cosas con calma, mucha calma. Es un equipo desmotivado y con enormes problemas de disciplina que se viven día a día en los entrenamientos. La práctica de ayer no fue la excepción.

Manuel Manzo, técnico llegado hace nueve días a Neza, observaba el entrenamiento en el estadio a un lado de la cancha. Adentro sus dos auxiliares, Rafael Loredo y Sergio Lugo, dirigían el interescuadras cuando en una acción en medio campo Miguel Herrera, en el cuadro titular, hizo una fuerte entrada a Oscar Vega, éste se quedó parado doliéndose del tobillo derecho mientras que Herrera continuó la jugada sin que nadie le llamara la atención.

Manzo callado, sólo una o dos voces para indicar al portero de los titulares, Marcos Gutiérrez, que ordenara a su defensa. Al lado del DT el tercer portero, Ramón Alonso, platicaba con un utilero.

El cuerpo técnico mandó a Germán Arangio al cuadro suplente ante la molestia del argentino, quien al término del interescuadras aventó la casaca de entrenamiento al piso lo que provocó un tranquilo “no te enojes” proveniente de Manzo.

Loredo y Lugo llamaron a los titulares al centro del campo, mientras Manzo ordenaba que se delimitara una cancha de fut-tenis al lado del terreno de juego en donde descansaban Pablo Larios y algunos suplentes, entre ellos Vega, quien seguía doliéndose del tobillo.

Larios se puso hielo sobre la rodilla derecha y Alonso se quitó los guantes antes de entrar al vestidor.

En la portería norte Juan Ramón Fleita, el uruguayo Parodi, “Lupe” Rubio, Manuel Virchis, Enrique Figueroa y Luis Maldonado fueron llamados por Sergio Lugo para practicar centros y remates a una portería vacía, pues Alonso estaba en el vestidor.

Rafael Loredo fue por el portero suplente, quien de malas se puso los guantes para atajar algunos centros hasta que la “Anguila”, que se encontraba con los titulares y con Manzo, en los pocos minutos que el técnico dialogó con sus jugadores, llegó para sustituirlo.

-¿Ya terminaste?- preguntó a Alonso un jugador suplente.

“Pues ya llegó ese pendejo, ¿no?”, respondió el portero señalando al argentino.

Loredo llamó a gritos a Larios y a Alonso, mientras Manzo iniciaba su sesión de fut-tenis, pero los dos porteros hicieron caso omiso al auxiliar.

“Larios, Alonso, vengan para acá”. Pero el veterano guardameta se limitó a señalar su rodilla derecha con una bolsa de hielo encima y Alonso lo ignoró.

– “Alonso, ven para acá”, insistió Loredo.

– No voy a ir, señor-, contestó Alonso.

– ¿Por qué?”

-Ya me quité los zapatos, respondió el guardameta mientras levantaba los pies descalzos.

“De la manera más atenta te pido que te vistas y que vayas a la portería”.

– No voy a ir señor, tengo una molestia.

“¿Ya le avisaste al doctor?”

– No.

“Entonces vístete y ven”.

– No, no voy a ir -, respondió el portero, uno se rompe los huevos (en el entrenamiento) para que no lo tomen en cuenta, dijo en voz baja antes de entrar al vestidor.

TOMANDO EL SOL

En el centro de la cancha, recostados bajo el sol, platicaban Arangio, el “Pony” Ruiz, Humberto González, López Meneses y Herrera, sobrevivientes del subcampeonato del Verano 97, mientras Manzo seguía jugando.

El “Pony” abandonó la cancha y antes de salir hizo un reclamo al médico del equipo, después fue abordado por tres reporteros y cuando un enviado de Radio ACIR lo cuestionó sobre su discusión con el médico, el chileno le bajó el micrófono de un manotazo:

– Baja eso, apaga eso, dijo Ruiz señalando la grabadora, ¿por qué preguntas pendejadas?

“Sólo te pregunto lo que pasó”.

– ¿Y qué pasó? ¿Tú sabes cómo me llevo con él? Tener un micrófono no te da derecho a preguntar pendejadas. Eres un pendejo, dijo el chileno.

Otro jugador que también se molestó por las preguntas de los reporteros fue Arangio, quien antes de abandonar la cancha volteó a ver a Manzo, quien seguía en el fut-tenis, y expresó: “Míralo, que siga jugando”.

Larios, que salió detrás del argentino, señaló que en Toros Neza cada quien hace lo que quiere y mostró su molestia por salir del cuadro titular.

“El que juegue da igual, nunca te dicen nada, el último que se entera de las cosas es uno, cada quien hace lo que quiere, da igual”, expresó Larios.

El veterano guardameta aseguró que la idea del retiro ha pasado por su cabeza, pero aún no ha decidido nada, mientras tanto entró al vestidor con su bolsa de hielo en la rodilla.

– ¿Pablo, te pasó algo?

“No, nada, ya no quería seguir”.

Manzo, que por fin dejó de jugar con sus asistentes, a los que derrotó, señaló que contra Cruz Azul, el sábado, pueden dar una sorpresa y jugarán los que quieran hacerlo.

“Ya hablamos desde ayer y van a participar los que quieran hacerlo, yo no voy a soportar berrinches de nadie y el que quiera jugar, adelante”, expresó un exhausto Manzo.

 

SE EMBISTEN SOLOS

Roberto Vargas (REFORMA, 4 de noviembre de 1998)

Jugadores y cuerpo técnico de los Toros Neza llegaron ayer al fondo de su crisis, perdiendo el respeto por el trabajo de sus propios compañeros, mintiendo para no entrenar e insultando a un reportero de radio.

La indisciplina

– El tercer portero, Ramón Alonso, entró al vestidor al terminar el interescuadras, en el que no jugó, a regañadientes accedió a continuar la práctica, que aún no concluía, pero al ver llegar a Marcos Gutiérrez se retiró de nueva cuenta, se quitó los zapatos y no regresó a la portería a pesar de la insistencia del auxiliar Rafael Loredo.

Germán Arangio jugaba en el cuadro titular cuando el cuerpo técnico decidió pasarlo con los suplentes. Al termino del juego el argentino se quitó la casaca de entrenamiento y la aventó al piso.

Pablo Larios se rehusó a seguir en la práctica a pesar de la insistencia de Sergio Lugo y Loredo; se puso hielo en la rodilla derecha y al finalizar el entrenamiento aceptó que no tenía nada y sólo buscaba no seguir en la práctica.

– El preparador físico, Enrique Basulto, nunca ordenó una sesión de estiramiento como se acostumbra en otros equipos y apenas terminó la charla técnica se fue a jugar fut-tenis con Manzo.

La desunión

Miguel Herrera hizo una fuerte entrada a Oscar Vega, éste se quedó doliéndose del tobillo derecho y la jugada continuó sin que nadie le llamara la atención a Herrera o asistiera al compañero lesionado.

– Mientras sus auxiliares platicaban con el probable cuadro titular que enfrentará a Cruz Azul, Manuel Manzo, el DT, ordenó que se delimitará una cancha de fut-tenis para jugar un rato con sus amigos, utileros y asistentes.

– Herrera, el “Pony” Ruiz, López Meneses, Humberto González y Arangio se tiraron a tomar el sol en el centro del campo mientras sus compañeros seguían pegándole al balón y Manzo jugaba.