Los Stones en mi cabeza

Publicado: septiembre 29, 2010 en Música, mis demonios, Rock
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El domingo pasado tocaron los Stones en el DF y como no tenía boleto para el concierto, me flagelé toda la mañana oyendo lo que mis oídos no podrían escuchar horas más tarde. Pero el tormento comenzó horas antes, la tarde del sábado, cuando tirado con Adriana en un sillón me encontré con un programa especial de sus “Satánicas Majestades” en Telehit.

La vieja recopilación que me prestó Abraham

No sé qué carajos traía en la cabeza en noviembre que se me pasó la preventa de las entradas para los Stones, pero cuando reaccioné ya era demasiado tarde para intentar conseguir una y demasiado caro para mi bolsillo.

No recuerdo con certeza cuándo fue la primera vez que el nombre de los Rolling Stones entró a mi cabeza, pero sí que cuando entré a la Secundaria 10, en Mixcoac, Alfonso Arroyo llevaba un cuaderno forrado con la famosa lengua “estoniana” que yo me encargaba de dibujar en cualquier papel que tuviera enfrente.

De su música, ni idea. En aquel lejano 1983 descubrí el heavy metal y durante años fue lo único que escuché, por lo que a los Stones, como a muchas otras cosas en mi vida, llegué tarde. Lo que sí recuerdo vagamente es que, años más tarde, Abraham Echauri me prestó un LP con una recopilación mexicana de la banda, escuché “Jumpin’ Jack Flash” y me conmocionó.

Después recordé que alguna vez la había escuchado en Radio Universal (“Jack El Saltarín”, la presentaban) y en “Rock a la Rolling”, un programa dedicado a los Stones en alguna estación de AM. Por cierto, a manera de paréntesis tengo lanzar una pregunta: Si los Beatles se desintegraron en 1970 y los Stones siguen tocando, ¿por qué chingaos en el radio hay dos horas diarias del cuarteto de Liverpool y nada de los Stones?

Alonso Ruiz me invitó al concierto de 1995, la primera visita de los Stones a México, lo cual le voy a agradecer toda la vida, pese al bochorno que supuso verlo detenido por los granaderos que le sacaron de las bolsas de la chamarra una botella de agua, un frasco de cloraseptic, un inhalador Vick y un cilindro de gas para el asma.

Como generalmente me pasa en cualquier concierto, la emoción previa fue mayor que el momento de la verdad, por lo que no recuerdo con exactitud cuál fue la canción que disfruté más. Para esos años, y después de mi pasado metalero, los Stones ya habían pasado a ser un referente musical de mi vida, pese a tener sólo unos cuantos discos de recopilaciones, el “Sticky fingers” y el “Let it bleed”.

Lo que más recuerdo de aquella noche de enero es a una pareja cuarenteañera que estaba una fila adelante de nosotros, con un par de hijos adolescentes que vestían camisetas de Guns and Roses. Cuando en los altavoces comenzaron a sonar los primeros acordes de “Angie”, la pareja se volteó a ver y con lágrimas en los ojos se dieron un abrazo eterno. A su lado, los dos émulos de Axel Rose se voltearon a ver con cara de “¡Chale!”, mientras Alonso ahogaba una carcajada y me volteaba a ver.

Alonso fue un capítulo aparte esa noche. Después del confuso incidente con los policías, que le quitaron la botella de agua y el cloraseptic, mi amigo se la pasó tragando gas para el asma, inhalando su Vick Vaporrub y dando sorbos a una nueva botella de agua, en una extraña danza estoniana. Pese a todo, disfruté mucho aquel concierto.

Tres años después los Stones volvieron a México en la gira del “Bridges to Babylon”, que no era un gran disco, pero sí una buena oportunidad para escuchar y ver en directo otro “greatest hits”, como en el 95.

El concierto era un sábado por la noche pero, ¡maldición!, yo ya trabajaba en el diario Reforma y ese día, justo ese día me habían enviado a un Toluca-Monterrey, a las tres de la tarde. El resultado de ese día fue intrascendente, creo recordar que fue un empate y que el “Ojitos” Meza me humilló por una pregunta pendeja que le hice:

“Señor, ¿pesaron las ausencias en su equipo?”, pregunté, cuestionando si en el resultado había pesado la no alineación del paraguayo Cardozo. “Mire joven, en el partido que yo vi jugamos 11 contra 11”. Retiré mi grabadora y salí volando rumbo a la redacción, en el DF.

Paré en un McDonalds de la carretera a comprar una hamburguesa de plástico y enfilé a más de 140 kilómetros por hora rumbo a la ciudad. En el camino me emocionaba cuando veía autos que venían al DF a ver los Stones. Los delataban las leyendas que con pintura blanca habían hecho en los medallones de sus autos.

Llegué a la redacción casi a las seis de la tarde, dos horas antes de que la fiesta comenzara en el ya entonces llamado Foro Sol. Padilla me pidió sólo una crónica del juego, pero cuando me disponía a partir junto a Pepe Toño, Jesús, Simón y Manolo, me dijo que los regios necesitaban una nota con las entrevistas de sus pinches Rayados.

Todos, menos Manolo, se fueron a  ver al Tri, mientras yo vaciaba en un documento de word las pinches declaraciones de esos ojetes. Manolo, con quien compartí aquella noche mi único concierto en 20 años de amistad, me esperó paciente y nos fuimos en taxi al Foro Sol. Afortunadamente, llegamos cuando Lora lanzaba sus últimos alaridos y encontramos sin problema al Chuy y a los demás.

Al Chuy le había dicho que me saldría del Foro Sol si tocaban “Gimme shelter”, que en aquel 98 se había convertido en mi canción predilecta y entonces sucedió. ¡Milagro! Fue la sexta canción de aquella noche. “La tocaron, la tocaron”, repetía como loco mientras abrazaba al Chuy, que sólo me dijo: “A ver, salte ahora, cabrón…”.

En los últimos años la relevancia de los Stones en el “soundtrack” de mi vida ha aumentado y no sé por qué. En el 2002, Ivan fue de viaje a Detroit y me compró mi primera camiseta de los Stones, y un año después, en mi cumpleaños, recibí de regalo una biografía increíble de la banda. Tampoco se me olvida que en el 2003, en Alemania, tocaron juntos los Stones y AC/DC, y en algún momento me cruzó por la cabeza la idea de ir a ese concierto.

El sábado, después de ver algunos viejos videos de la banda en Telehit, decidí apagar la televisión porque serán muy los Stones, pero no me inspiran para hacer el amor con mi novia. El resto de la tarde nos seguimos preguntando, sin culparnos, por qué no habíamos comprado boletos en noviembre, y de regreso a casa puse un CD de esos que regaló cocacola con motivo de la primera visita a México de “sus satánicas”, en enero de1995.

En el auto, Adri me siguió contando de su amor adolescente por Jagger, de que traducía las letras de las canciones sólo con su diccionario, “antes de que existiera el traductor de Google”, me dijo, lo cual me causó risa y ternura.

La dejé y me fui a casa. Lo primero que hice al llegar fue buscar mi camiseta negra con esa lengua mágica al frente y la dejé sobre la cama. ¡Oh, sorpresa! El domingo me la puse y no me quedó. Me quedaba bastante ajustadita y, como me dijo Adri cuando intenté imitar algunos pasos “jaggerescos”, me sobran muchos kilos para sentirme Mick Jagger.

Camino a la oficina puse lo mejor de mi repertorio estoniano y canté con ganas hasta llegar a mi lugar de trabajo. Pero ya no pensé más en lo que no pudo ser. La traición estaba consumada.

Durante el día traté de evitar cualquier noticia acerca del concierto y regresé a mi casa pasadas las 11 de la noche, cuando el recital, seguramente, estaba por terminar. Al salir de la oficina metí en el estéreo el “Let it bleed” y lo escuché completo.

Repetí un par de veces el inicio de “Midnight rambler” antes de estacionarme. Sentí un ligero gusto a Jack Daniels en mi paladar antes de bajarme del auto. El tormento por no haber visto a los Stones en su tercera visita al DF había acabado, pero el sentimiento de culpa por no haber estado ahí creo que no desaparecerá jamás.

Lunes 27 de febrero, 2006

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