Vasos vacíos

Publicado: agosto 30, 2017 en CDMX, De la calle, Rock, Uncategorized

 

 vasos vacíos

“If you could deal with your reflection,

I’m sure you’d see into my eyes,

There’ll be no need for resurrection,

Let’s drink to people of the lies”

“Demon alcohol”, Ozzy Osbourne

 

Para Manolo Almazán y Hugo W., donde quiera que esté.

“¿Le has dicho más de una vez a una ‘teibolera’ que la vas a sacar de trabajar y te vas a casar con ella?… Si lo has hecho, éste es el lugar que estabas buscando”.

La broma le quita dramatismo al momento, te arranca una sonrisa, te relaja… Estás a punto de ingresar a tu primera junta de Alcohólicos Anónimos y convertirte en uno de los aproximadamente 300 mil mexicanos que acuden a las juntas que ofrecen miles de centros de AA a lo largo del país.

Te muestras avergonzado y no levantas la cara, no miras a los ojos a pesar de la cálida recepción que te dieron los ‘compañeros’ en el café de la esquina cuando Marcelo, al que desde hoy llamarás padrino, te presentó.

Buscas un lugar en la primera fila del salón frente al escritorio donde ves varios libros, un reloj y una campana. Al otro lado hay un sillón. En la pared, debajo de un tragaluz, está un crucifijo de madera desde donde Cristo observa, misericordioso, a algunos de sus hijos más descarriados… y divertidos.

La junta está por comenzar y alguien de tu edad se te acerca: “Bienvenido, compañero’. Dice mientras te palmea la pierna. ‘¿Sabes qué?, tú tienes una gran ventaja al estar aquí, llegaste solo… A mí me llevó mi suegro a punta de chingadazos a un ‘anexo’, ahí sí está cabrón”. Alguien ha puesto sobre el escritorio un pastel con tres velitas y una morena joven y guapa toca una campana. La junta está por comenzar.

“Buenas tardes compañeros, mi nombre es Andrea y soy una enferma alcohólica y drogadicta, estamos por comenzar una junta más del grupo, que hoy voy a coordinar porque cumplo tres años aquí. Si hay alguien que venga por información, por favor levante la mano y diga su nombre”.

La voz te tiembla y tu cuerpo se estremece cuando levantas la mano y te presentas. Observas fijamente a Andrea y sientes en tu espalda las miradas curiosas de los compañeros.

Andrea deja el escritorio y se sienta en el sillón. Viste un vestido blanco de manta y unas elegantes sandalias del mismo color. Luce preciosa con el pelo negro y lacio que cae sobre sus facciones perfectas, su cuerpo menudo y firme, sus pies delicados y coquetos. Su cara te parece familiar, crees reconocerla de algún lado.

Comienza a dar las gracias a todos los presentes, a sus padrinos, a su madre, a su esposo y a su pequeño bebé que están en primera fila, del otro lado del pasillo. De pronto voltea y clava su mirada en ti, sus ojos negrísimos te intimidan. Piensas que está molesta, eres el nuevo y le has arruinado la fiesta de aniversario que quería compartir con sus amigos. Pero no es así, con una voz dulce que te conmueve, te agradece por estar ahí. Para ella es un regalo compartir su testimonio de vida después de tres años de sobriedad.

Te cuenta de sus años en la ‘actividad’ y de sus tres intentos de suicidio; de los 12 pasos y las 12 tradiciones de Alcohólicos Anónimos; te muestra a su bebé de un año como testimonio de su nueva vida; te platica de su etapa como modelo. ¡Lo sabías! Su cara te resultaba familiar, su rostro es inolvidable.

Andrea llama a la tribuna a sus amigos y uno a uno suben a felicitarla y a compartir su experiencia. Un médico, un abogado, un comerciante y un empresario se congratulan con ella y voltean a verte para darte la bienvenida, comparten contigo alguna de sus experiencias y te dejan todos el mismo mensaje: ‘Sí se puede’.

Han pasado casi dos horas y en tu mente confundida tratas de analizar los testimonios que has escuchado. De repente, te regresa a la realidad el rezo colectivo de un Padre Nuestro y la Oración de la Serenidad, sello indeleble de AA. Terminan cantando su versión particular de ‘Las Mañanitas’ (“… a los mu-chachos borrachos, se las cantamos aquí”). Estás a punto de llorar.

Marcelo se acerca y te da un abrazo: “Todo está bien”, te dice mientras te presenta con otros ‘compañeros’. Andrea se acerca y te felicita por tu presencia.

El salón está lleno de humo de cigarro, de olor a café y del aroma a perfumes caros. Miras a tu alrededor y te parece difícil creer que todas esas personas que se han portado tan amables contigo tengan un pasado de dolor provocado por las drogas y el alcohol. Desde el fondo del salón se levanta un hombre de pequeña estatura vestido elegantemente. Los demás lo saludan indiferentes, pero él llega frente a ti y se presenta: “Hola, qué tal, yo me llamo Egidio y soy médico, estoy para servirte. Qué bueno que estás aquí. El éxito de esto depende de la constancia. Te esperamos mañana”. Agradeces la cortesía y buscas a Marcelo entre la gente. Es el momento de partir.

‘No te compares’

Es tu segundo día. Llegas temprano y alcanzas una parte de la junta para principiantes. Te presentas y te escuchan un par de preparatorianos y un estudiante de economía de una universidad privada. La junta la coordina Ricardo, un ingeniero civil cuarentón y fanático del rock progresivo. Te extiende una tarjeta con su teléfono y te dice que le llames “con confianza” si en algún momento tienes ganas de beber: “Yo también fui chavo y te entiendo. A veces me daban ganas de seguir en el reventón con mis cuates, pero no te atormentes, llévatela leve, no pienses que ya nunca vas a volver a chupar, piensa en que hoy no lo vas a hacer, sólo por hoy, mañana quién sabe, pero hoy no”.

Tu padrino no va a la junta regular de los miércoles y te sientes desamparado en el salón, pero Egidio y un par de compañeros más te felicitan por estar nuevamente ahí.

Michel es uno de los padrinos más socorridos del grupo. Siempre serio y elegante, abandona constantemente el salón para platicar con algún compañero.

“A mí me trajo un ángel a este grupo”, lo escuchaste decir dirigiéndose a ti la tarde anterior, “me dejó en la puerta y me dijo: ‘Yo ya te traje hasta aquí, es tu pedo si te quieres salir’. Y me dio tanto miedo que aquí me quedé”.

Ves caras nuevas y encuentras entre los asistentes rostros conocidos, como el de un veterano actor y el de una actriz de segunda línea que salía en un programa cómico a mediados de los 80. Es tu primera junta en forma y comienzas a escuchar testimonios que te dejan con la boca abierta.

Como tú el día anterior, alguien se acercó al grupo a pedir información. Es un muchacho no mayor de 20 años con los ojos invadidos de pánico y una mirada huidiza que constantemente clava en el piso. Te preguntas si tú lucías así 24 horas antes.

A los dos les recuerdan que el alcoholismo es una enfermedad incurable, progresiva y mortal, que no respeta raza, edad, religión o condición social; que no necesitan terminar tirados en la calle para ser unos “teporochos”; que todos están enfermos…

Te aterra imaginar lo que podría ser nunca volver a escuchar una canción de los Rolling Stones con una cerveza en la mano. Vas por un vaso de agua y tratas de analizar lo que has escuchado.

“Nunca he chocado con copas encima, no perdí el trabajo, no he caído en el ‘bote’, nunca me drogué, no me he prostituido por el vicio, mi familia me quiere…” Piensas mientras sales de la junta muy seguro de ti mismo, pero una llamada de Marcelo te vuelve a la realidad: “No te compares, nunca te compares con los demás… A lo mejor tu ‘fondo’ es más leve que el de otras personas, pero si ahora te sientes incómodo por tu manera de chupar es importante que le pongas el alto, ¿vas a pararle cuando mates a alguien, cuando te quedes sin familia?”. Las palabras de tu padrino te hacen recordar tus borracheras de antaño.

‘Todos estamos enfermos’

Es jueves y llegas a la junta media hora antes de que inicie. Te quedas parado en la acera y ves entrar a los compañeros. Te llama la atención una señora que llega con su chofer; la mirada de tristeza de algunos adolescentes que han sido obligados por sus padres a asistir al grupo. Egidio te saluda antes de entrar y Marcelo te mira de reojo. El “doctor”, como lo conocen ahí, no es muy querido en el grupo: “Le dio de tomar a una de sus pacientes y la violó”, te cuentan.

Entras al salón y te sientas en una esquina, desde ahí observas a tus compañeros. Ves a los padrinos más influyentes sentados en las filas de atrás. Ves a los chavos de las filas de adelante platicando, mientras una señora con acento extranjero cuenta en la tribuna cómo se prostituía con taxistas para conseguir otra “piedra”. Te llama la atención, por sobre todas las cosas, la mirada perdida de Bárbara al contar que tiene una lesión cerebral irreversible por el abuso de la cocaína y el alcohol y que nunca se va a poder embarazar.

Los rostros serios, con el sufrimiento a cuestas, contrastan con la actitud “cool” de otros compañeros sentados con cara de “aquí no pasa nada”. La mirada de enojo de Guillermo, un empresario venido a menos que se niega a aceptar su alcoholismo, es diametralmente opuesta al semblante de resignación de Pepe, un veterano funcionario de banco que arranca algunas sonrisas, entre ellas la tuya, con su sincera confesión: “Yo soy alcohólico porque me encantaba el pedo, así nomás”.

Las carcajadas estallan cuando un cuarentón con el pelo canoso narra con cinismo: “Para dejar de chupar intenté de todo, ¡hasta me compré un perro!”

Miras la cara de tus compañeros y te intriga saber qué culpas esconderá cada uno, qué heridas intentan reparar; piensas en las tuyas propias.

Descubres sentada adelante de ti a la ex integrante de un grupo musical muy de moda cuando tú eras niño y te sorprende lo demacrada que se ve; enfrente ves a un conductor de televisión y a un cantante que, según te cuentan, llegó ahí meses atrás acompañado por su hermano.

Escuchas a Elizabeth, una rubia de gran estatura. Tiene 22 años y se cortó las venas una semana atrás. Se disculpa por no haber ido a las juntas y confiesa que también asiste al psicoterapeuta y a un grupo de ayuda para mujeres con trastornos de alimentación. “Qué loco”, piensas, “adicta a los grupos de autoayuda, como Edward Norton en ‘El Club de la pelea’, qué loco, me cae”.

“Que buenas viejas hay aquí”, le dices a Marcelo apenas termina la junta, pero tu padrino, un ‘donjuán’ empedernido, te responde molesto: “Pues sí, cabrón, pero aquí no venimos a buscar novia. Agarrar aquí a una vieja buena es fácil por la soledad con la que todos llegamos, pero la experiencia dice que cuando empiezas a salir con alguien del grupo y uno recae, se carga la chingada a los dos”.

Escuchas el Padre Nuestro y rezas la Oración de la Serenidad. “… valor para cambiar las cosas que puedo”. La frase te rebota en la cabeza, pones un billete de 20 pesos en la canasta y te llevas las tazas sucias a la cocina.

‘Sólo por hoy’

La junta del viernes es menos concurrida que las de los otros días: “Es normal”, te dice con su voz ronquísima una cuarentona que te recuerda a Lorena Velázquez en una película de El Santo. “A veces a mí también me da hueva venir los viernes y me voy con los muchachos a un Vips, a Coyoacán, a un concierto… Nos gusta seguir saliendo, pero ya no chupamos”. Ella sube a la tribuna esa tarde y cuenta que volvió a discutir con su hijo, que también es alcohólico.

Con Michel has platicado poco, pero su experiencia te ha ayudado. Habla mucho, pero no te dice más de lo que ya sabes: “No tenemos un padrón de miembros, a este grupo, yo creo que vienen unas 200 personas, pero a quién le importan las estadísticas, lo que queremos es ayudar. La decisión es tuya”.

Marcelo entra y te saluda a lo lejos. No se queda mucho tiempo y lo ves salir de prisa. Te hace una seña de que luego te llama. Escuchas arrancar su auto. Te dan ganas de salir.

Volteas a ver el reloj y te sales del salón. Enciendes el celular y revisas tus mensajes: hay una invitación para jugar dominó, otra para una lunada en Xochimilco y la última “para ver qué hacemos”. Te sientes tentado a contestar a cada una de ellas, pero algo te dice que no. Sientes un gran vacío en el pecho y te paras en la puerta del salón. Ya no te dan ganas de entrar. Suena el teléfono. Te invitan a una fiesta más tarde. Tu respuesta es tajante: “No, sólo por hoy no”.

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