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Star Wars

Odio todo lo que tenga que ver con esta película, pero el año pasado hice un repaso por los grandes acontecimientos deportivos del año en que nació esta gran saga.

El año del estreno de “Star Wars”, 1977, fue un año clave para la cultura pop.

El filme de George Lucas, estrenado el 25 de mayo y protagonizado por Harrison Ford, Carrie Fisher y Mark Hamill, se convirtió en todo un suceso, el mismo año que “Rocky“, que lanzó a la fama a Silvester Stallone ganaba el Oscar a la mejor película (“Star Wars” fue nominada a 11 premios de la Academia y ganó seis estatuillas entre los filmes estrenados en 1977).

Otras películas estrenadas en 1977 fueron “Fiebre de sábado por la noche”, “Domingo Negro” y “Encuentros cercanos del tercer tipo”.

El libro más vendido ese 1977 fue “El Resplandor“, de Stephen King, que años más tarde inmortalizaría en la pantalla grande Jack Nicholson. En la radio dominaba la música disco, pero también sonaban clásicos como “Hotel California”, de Eagles, “Don’t stop”, de Fleetwood Mac, “Tonight’s the night (Gonna Be Alright)”, de Rod Stewart y “Dancing Queen”, de ABBA.

El Premio Nobel de la Paz fue ganado por Amnistía Internacional y el de Literatura por el poeta andaluz Vicente Aleixandre.

REINAN RAIDERS, YANQUIS Y BLAZERS
En el Super Bowl XI, celebrado el 9 de enero de 1977, los Oakland Raiders ganaron el primero de sus tres anillos al superar 32-14 a los Vikings de Frank Tarkenton; el MVP fue para el receptor de los californianos Fred Biletnikoff y el himno estadounidense fue cantado por Vicki Carr.

El Heisman de ese 1977 fue ganado por el full back de la Universidad de Texas, Earl Campbell, y la segunda selección del Draft de la NFL fue para los Dallas Cowboys, que eligieron a otro corredor: Tony Dorsett. El pateador mexicano Rafael Septién fue elegido en la décima ronda por los New Orleans Saints.

La Serie Mundial de aquel año fue ganada por los Yanquis de Nueva York de Billy Martin, a los Dodgers de Los Ángeles de Tom Lasorda. Los Mulos, que no ganaban un campeonato desde 1962, se impusieron en seis juegos (4-2). El MVP fue Reggie Jackson, que había llegado como agente libre al inicio de la temporada.

En la NBA, los Portland TrailBlazers de Bill Walton, se impusieron en seis partidos a los 76ers de Filadelfia del “Dr. J”, Juliuis Erving, mientras que en la NHL los Canadians de Montreal ganaban su segunda Stanley Cup consecutiva a costa de los Boston Bruins.

EUROPA SE PINTA DE ROJO
En la vieja Liga de Campeones de Europa, el Liverpool rompía la hegemonía del Bayern Munich y ganaba la primera de sus dos “Champions” de la década a costa del Borussia Mönchengladbach. La Juventus se impuso en la Final de la Copa UEFA al Athletic de Bilbao y en la extinta Recopa se coronó el Hamburgo.

En México, Pumas ganaba su primer campeonato de Liga al derrotar en la Final a la Universidad de Guadalajara; en España reinaba el Atlético de Madrid de Luis Aragonés; Italia era dominada por los equipos de Tutín, con la Juventus como campeona y el Torino un paso detrás; en Inglaterra el Liverpool era el rey, y en Alemania eran los años de gloria del Mönchengladbach.

La Copa Libertadores fue para Boca Juniors (derrotó al Cruzeiro en penalties) y la Intercontinental también para el cuadro argentino, que se impuso al Gladbach.

OTROS DEPORTES
Aquel fue el año dorado para el tenista argentino Guillermo Vilas, que disputó tres Finales de Grand Slam y ganó dos: Roland Garros y el US Open; Australia fue para el estadounidense Roscoe Tanner y Wimbledon para el sueco Björn Borg.

El campeonato de Fórmula Uno fue para el austriaco Nikki Lauda, de Ferrari y las 500 millas de Indianápolis fueron ganadas por el legendario A.J. Foyt.

1977 fue el último gran año para Muhammad Ali, que defendió dos veces su título de los pesados con éxito ante Alfredo Evangelista y Ernie Shavers, antes de caer con Leon Spinks en febrero de 1978.

Diciembre 17, 2015

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Finalmente, este lunes 13 de mayo, después de semanas de rumores, se confirmó la visita de Black Sabbath a México. El 26 de octubre tocará en el Foro Sol con Megadeth como banda abridora.

Lo más cercano que he estado de la legendaria banda de Birmingham es cuando vi a Ozzy Osbourne con Korn y Black Label Society, en ese mismo escenario, en 2008. En cambio, será la quinta ocasión que vea en directo a las huestes de Dave Mustaine.

Ni en mis más salvajes y metaleros sueños adolescentes me imaginé que un día vería a estas dos bandas juntas en el mismo cartel. Qué decir de Iron Maiden y Slayer, que vienen en septiembre, o de Motörhead, Anthrax, Testament y Suicidal Tendencies la misma noche, como sucederá este viernes en el Palacio de los Deportes.

Desde aquella primera tocada de Devastation en la Arena López Mateos, de Tlalnepantla, en diciembre de 1988, he asistido a muchos, muchos conciertos. Algunos festivales grandes como el “Maquinaria Fest” el pasado noviembre, en Guadalajara, con Slayer y Cavalera Conspiracy como bandas relevantes; algunos más pequeños como el Eyescream del 2010, con Sacred Reich, Cynic y Municipal Waste; el “Night of the Living Dead” del 2011, con Cannibal Corpse, Suicide Silence y The Black Dahlia Murder, o aquel “Headbangers Fest” con Iron Maiden, Queensrÿche y Halford, del 2001, que fue anunciado como un festival metalero que se repetiría año con año en México y sólo tuvo esa versión. Pero nunca imaginé ver en el mismo cartel a bandas tan relevantes como Sabbath y Megadeth.

Este 2013 promete ser el año más metalero de mi vida. Hasta mayo apenas he visto a Saxon, pero vienen muchas bandas a las que quiero ver. No es que ir a muchos conciertos incrementen mis “millas” como metalero, pero creo que muchos ex greñudos de mi generación comparten el mismo sentimiento que yo: queremos ver a las bandas que el “sistema”, el dólar o nuestras malas calificaciones nos privaron de ver hace 25 años. ¿Por qué las malas calificaciones? Sigan leyendo.

MIS MONSTRUOS DEL ROCK
A principios de 1988, en su espacio de Rock 101, los jueves a la media noche, Gueorgui Lazarov soltó el rumor: Metallica integraría el cartel del Monsters of Rock Tour de aquel año, que comenzaría el 23 de mayo, en Los Ángeles, y finalizaría el 30 de julio en Denver, Colorado.

El editor de la revista Heavy Metal Subterráneo confirmó semanas más tarde el cartel que llevaría como acto principal a Van Halen. Scorpions, Dokken, Metallica y Kingdom Come completaban la gira. Pero lo verdaderamente relevante para mí es que el Monsters of Rock se acercaría a México: el 2 de julio se presentaría en el Rice Stadium, de Houston, Texas.

La cabeza me comenzó a dar vueltas con la noticia. Hacía dos años que había descubierto a Metallica y mi sueño era verlos tocar en vivo. Con tres LP’s en el mercado (“Kill’em all”, “Ride the lightning” y “Master of puppets”) y con el “Garage Days” (un EP que tenía menos de un año en la calle), Metallica era mi banda favorita por aquellos años.

Pósters, revistas, parches, calcomanías, el logo del grupo en cuadernos, chamarras, paredes, camisetas y casetes grabados comprados en Pericoapa… ¡Todo era Metallica por aquellos días!

En algún momento comenté en casa que el Monsters of Rock se iba a presentar en Houston en el verano y mi jefe fue muy claro: “Si quieres ir, quiero ver la boleta de calificaciones antes”.

Pero ya era demasiado tarde. En septiembre de 1987 había decidido, de manera irresponsable y unilateral, que iba a reprobar año. Lo sabía desde que entré al salón la primera semana de clases: con 16 años quería ser un “chico malo” de la UVM-Xochimilco.

En marzo la tendencia era irreversible: no aprobaría el año. Al final de cursos sólo pasé cuatro materias de 12: Anatomía, Inglés, Historia de México y… ¡Biología!

Cuando le dijé al viejo el desastre que había hecho amenazó con no pagarme la reinscripción, me sacó la televisión y la grabadora de mi cuarto, y culpó a Metallica de mi irresponsabilidad. En parte tenía razón. Como era de esperarse no fui al Monsters of Rock.

Metallica lanzó el 25 de agosto de aquel año el multi afamado “… And Justice for All” y mi primer encuentro con la banda californiana se postergó cinco años más, hasta el 23 de febrero de 1993.

En ese lapso Metallica grabó otro LP conocido como el “album negro” (1991), estuve dos años más sin estudiar, pero finalmente terminé la prepa e ingresé a la universidad.

Mi viejo dejó de culpar a Metallica de los “dolores de cabeza” que yo le provocaba y los boletos para el concierto del 93 los compró él: fue su regalo de la Navidad del 92.

(13 de mayo de 2013)

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Nunca voy a olvidar aquella tarde del otoño de 1989. Escuchaba la mítica Rock 101 cuando la programación fue interrumpida por un “loco” llamado Gueorgui Lazarov, el editor de la desaparecida revista Heavy Metal Subterráneo.

Sin ahondar en detalles, Lazarov anunció la cancelación definitiva del concierto de Black Sabbath en la ciudad de San Luis Potosí. ¿A quién cuernos se le ocurrió llevar a Sabbath a ese lugar? Pues a un grupo de empresarios que habían contratado a la legendaria banda de Birmingham para tocar en el Estadio de Nou Camp, de León, el 28 de octubre de aquel año.

El concierto se suspendió en la ciudad guanajuatense porque las autoridades locales (panistas, obvio) se dejaron presionar por la mochería local que acusó al grupo de “satánico” y los organizadores tuvieron que buscar otra ciudad para la presentación de Tony Iommy, Cozzy Powell (batería), Tony Martin (voz), Neil Murray (bajo) y Geoff Nicholls (teclados). Aquella formación había grabado ese año el “Headless cross”.

El concierto se mudó a SLP porque en el DF aún estaba prohibido celebrar conciertos, pero en la capital tunera otra vez los pinches panistas decidieron cancelar el evento que se iba a celebrar en el Estadio Plan de San Luis, hogar por aquellos años de los Cachorros del Atlético Potosino (saludos, Nery Castillo padre).

Pero no sólo fue la cancelación, Lazarov anunció (después publicó una nota en HMS) que la policía detuvo autobuses y el tren (sí, aún se viajaba en tren), antes de llegar a San Luis Potosí, para bajar a los greñudos que iban al concierto.

Debo reconocer que por aquellos años yo no era fan de Black Sabbath, al que conocía más a través de Ozzy Osbourne que por su propia obra.

No me pasó por la cabeza ir a aquel concierto, tenía apenas 18 años y mis viejos no me hubieran dejado, pero escuchar a Lazarov relatar todo aquello con la voz entrecortada por la impotencia, hizo que se me salieran las lágrimas por el coraje. Esta semana he platicado con Mauricio Patiño y Gabriel Lara, dos amigos que tenían boleto para aquella noche triste y que el sábado se “sacarán la espinita”, como otros miles que fueron víctimas de la imbecilidad del estado mexicano hace 24 años.

Lo más cerca que he estado de Black Sabbath fue cuando vi a Ozzy (junto con Black Label Society y Korn), en 2008. Un año antes no fui a ver a Heaven and Hell (lo peor es que no recuerdo por qué), cuando tocó en el Auditorio Nacional con Dio, Tony, Geezer y Vinny Appice como batero.

Mi fanatismo por Black Sabbath ha crecido en los últimos años. Para mí es una de las bandas más subvaluadas de la historia rock y, a mi juicio, es una de las cinco más influyentes en el desarrollo de esta música (ya lo discutiremos, una vez más, cervezas de por medio, en otra ocasión).

Por eso el concierto de este sábado para mí es imperdible. Es la última ocasión que tendremos la oportunidad de verlos. Y de una vez les advierto, si me ven llorando es que se me metió una “Sweet leaf” en el ojo.

(25 de octubre de 2013)

Calamaro en las rocas

Calamaro en las rocas

Andrés Calamaro contagia. Para bien o para mal. Como el pasado viernes 29 de octubre, en el Auditorio Nacional, cuando brindó el concierto más apático de los seis -he asistido a cinco- que ha dado en la ciudad de México desde el 2008.

Si en el Pepsi Music de un sábado atrás, en Buenos Aires, ofreció su “corazón hecho canción”,  como escribió Juan Andrade en Clarín, en el Auditorio hubo canciones, pero poco corazón.

No sé qué tanto le afectó anímicamente la muerte del ex presidente argentino Néstor Kirchner, al que le dedicó un par de veces el concierto, pero no fue el Calamaro de otras ocasiones y eso lo notó el público, que también tardó para prenderse.

Qué lejos estuvo este concierto de aquella cita íntima con sus más fieles seguidores en el Plaza Condesa, en junio de 2009, cuando ofreció un set list espectacular, poco comercial, para iniciados.

No hubo bromas, tampoco tequila ni José Alfredo, sí la calidad y entrega de una banda que nunca defrauda, pero a pesar del excelente trabajo en guitarras de Julián Kanevsky y Diego García, la potente base rítmica de Candy Caramelo y el “Niño” Bruno, los teclados nostálgicos de Tito Dávila, el Auditorio nunca se terminó de calentar.

Hubo intentos, algo más que tímidos, cuando llegó “Sin documentos” y la cumbia con “Tres Marías”, “Mil horas” y “Tuyo siempre”, nuestra canción, pero no pasó de ahí.

También cuando subió Diego “El Cigala” para cantar “Inolvidable”, pero todos nos quedamos esperando “Los barcos”, la canción que cantan a dúo en “On the rock”.

O cuando volvió a dedicarle el concierto a Kirchner y a Diego Maradona, que cumplía medio siglo de vida un par de horas después. Pero el “Diego, Diego…” no llegó y tampoco “Maradona”, el tema que le compuso Andrés al “Diez” y que aparece en el “Honestidad brutal”.

Calamaro no se salió del set list que ha tocado en esta gira. Es difícil improvisar, pero también es difícil que la gente haga comunión contigo si sales al escenario sin onda.

Subió Manolo García (ex cantante de El Último de la fila) a cantar “Te quiero igual” y no me gustó. Yo desconocía por completo quién era este sujeto. El hard rock y el heavy metal es un territorio donde me muevo cómodo, por eso es difícil que, de nombre, conozca a cantantes de pop.

Y mucho “Oye cómo va”, mucho “No woman no cry” y “Black dog”, pero el Auditorio estaba tan frío como el aire que soplaba por Reforma esa noche.

Rescato las “rodriguezcas” “Mi enfermedad” y “Me estás atrapando otra vez”, que no las había escuchado en directo Tampoco “Mil horas”, de la etapa de Andrés con Los Abuelos de la Nada. Pero sigo esperando “que cantes mi canción, y que abras esa botella y brindemos por ella…”

No hay reclamos, Andrés, una mala noche la tiene cualquiera.

 

 

Set list
Los divinos
Jumpin jack flash / El salmón
Mi enfermedad
Carnaval de Brasil
Revolución turra
Sin documentos
Output / input
Tres Marías / Mil horas
Tuyo siempre
Comida china
– Inolvidable/Diego “El Cigala”
Todos se van
Mi gin tonic
All you need is pop
Todavía una canción de amor
Me estás atrapando otra vez
Buena suerte
Costumbres / Oye cómo va
El perro
Te quiero / No woman no cry
Los chicos / Black dog
Paloma
Estadio azteca (Gracias a la vida)
Crímenes perfectos / Volver
Flaca

Whoever appeals to the law against his fellow man is either a fool or a coward. Whoever cannot take care of himself without that law is both. For a wounded man shall say to his assailant:  ‘If I Die, You are forgiven. If I Live, I will kill you’… Such is the Rule of Honor….

Tengo relativamente poco tiempo de conocer a Lamb of God. El metalcore no es de mis géneros favoritos, sin embargo, cuando supe de la visita del “Cordero de Dios” a México, busqué material de ellos para conocerlos bien y lo descargué de la red. Terminé comprando el “Killadelphia”, en CD y DVD.

Con cinco discos de estudio en el mercado (más uno con el nombre de Burn the Priest), los de Richmond, Virginia, hacen una metalcore potente que me hizo mover la cabeza y brincar juntos a cientos de metaleros de la nueva generación el martes 5 de octubre, en el Circo Volador.

Hasta marzo, había escuchado poco de Lamb of God, pero en unos meses los conocí mejor y decidí no perderme ese concierto. Me confié y no compré boletos a tiempo. Quise hacerlo hace dos semanas y me encontré con un “sold out” sorprendente para mí.

Por eso cuando llegamos al Circo el martes, a las seis de la tarde, cuando vi una interminable fila que le daba casi la vuelta a la manzana, entré en pánico. El “Oso”, un revendedor de confianza, no tenía entradas y pensé que nunca llegarían. Finalmente las conseguimos a más del doble de su valor. Pero valió la pena.

Las cercanías del Circo parecían estación camionera. Había muchos autobuses de banda metalera que llegó de Monterrey (donde se canceló su presentación), de “Guanatos” y Querétaro, además escuché que llegó gente de Morelia, Aguascalientes, Cuernavaca y Puebla.

“¿Que si son muy buenos estos cabrones?”, me preguntó Chuck, quien va a los conciertos a brincar y hacer slam, aunque no conozca ni una sola rola de las bandas.

Después de un par de chelas banqueteras, Chuck, Lucio y yo entramos a un abarrotado Circo, donde después de tomar otro par de “birritas” y comprar la camiseta oficial nos dispusimos a entrar de lleno al convivio.

“Me da miedo tanto escuincle”, me dijo mi amigo Darío Arroyo, fotógrafo profesional, cuando vio el personal que literalmente atascó el ex cine Francisco Villa.

Y sí, la audiencia era en su gran mayoría de menores de 22 años, aunque nos colamos algunas decenas de metaleros de la “vieja guardia”, los que ya peinamos algunas canas, si es que aún conservamos la cabellera.

Para mí, Lamb of God cumplió con mis expectativas, aunque en su set list no incluyó la rola que más me prende: “Waht I’ve become”.

Observé las primeras rolas desde el costado derecho del Circo, y me lancé de lleno frente al escenario con “Now you’ve got something to die for”.

No hubo mucho slam, pequeños círculos al frente, pero no algo generalizado, como con las viejas bandas de thrash que he visto ahí en el último año: Kreator, Exodus o Sacred Reich, o qué decir de Cannibal Corpse y Napalm Death.

Lucio, yo y Chucho, en Lamb of God

Lucio, yo y Chucho, en Lamb of God

Fue un concierto diferente por el estilo de la banda y por la juventud de la audiencia, que no dejaba de grabar el show con sus celulares de última generación.

“Omerta” fue uno de los tracks que más esperaba y la tocaron. Satisfecho. Brinque y coree algunas partes de las rolas, me machacaron las costillas y mis lesionados tobillos salieron bien librados del jaleo.

Con su estilo, Randy Blythe es un buen “frontman”. El “Randy, Randy” lo sorprendió y dijo sentirse orgulloso de tocar acá. El momento emotivo de la noche fue cuando el Circo se cimbró con el “México, México” que la banda acompañó con un riff machacante que lo hizo más espectacular.

Como siempre, le puse atención al trabajo del bajero, en esta ocasión John Campbell, que le da una buena base rítmica a la banda acompañado de Chris Adler.

En recientes semanas algunos amigos, sobre todo por el Facebook, me preguntan por qué sigo escuchando heavy metal. Es algo recurrente y hoy hasta mi jefe me preguntó por el concierto. A veces no sé qué contestar.

Es difícil expresar ese cosquilleo que siento cuando las luces se apagan y suenan los primeros riffs. La emoción horas antes de llegar a un concierto.

Ana Camila va en un par de semanas a ver a los Jonas Brothers al Foro Sol y cuando habla de ellos los ojos le brillan de manera especial. Quizá como a mí me brillaron cuando fui a ver a Devastation, en el 88, a Tlalnepantla, o como me brillaban anoche con Lamb of God.

El set list del concierto del 5 de octubre en el Circo Volador:
1. The Passing
2. In Your Words
3. Set to Fail
4. Walk With Me In Hell
5. Now You’ve Got Something To Die
6. Ruin Play
7. Hourglass Play
8. Dead Seeds
9. Blacken the Cursed Sun
10. Descending
11. Contractor
12. Laid to Rest
13. Omerta
14. Vigil
15. Redneck
16. Black Label

“Me despierto pensando,
si hoy te voy a ver,
pero es inútil negarlo,
tú me estás atrapando otra vez…”

Andrés Calamaro vuelve al DF. Dos veces al año es mucho, pero igual lo vería cada semana si tocara en mi bar favorito. En junio, el “Salmón” tocó dos fechas  en el DF y sólo fui a la primera, en plena euforia mundialista, pero en medio de la incertidumbre y el dolor.

“¿Llegó?”, me preguntó la Flanders cuando regresó del baño. “¿Quién?”, respondí con fastidio, “me encontré a un cuate del bar”. La negación como un adicto.

Pensé que nadie notaba mi ansiedad aquella noche. Iván se fue por una cuba, Enrique platicaba de la victoria de México sobre Francia (2-0), en Polokwane, y yo la buscaba entre la gente mientras la Flanders me observaba a lo lejos. Me puse de frente a la pared para no buscarla más, pero no la dejaba de pensar.

Estábamos distanciados. Escribí un post en Nippix que terminó con un “Calamaro no será lo mismo sin ti” que me dolió. Pensé en mandarle un mensaje aquella noche con ese texto, pero no la quise molestar. Nunca pensé que hubiera leído aquel blog.

Sí, la buscaba en cada rostro que subía por las escaleras del Metropolitan, con el miedo de verla acompañada por alguien más. Pero no llegó y mi ansiedad tampoco desapareció.

La recordé en varias canciones, “Tuyo siempre”, por supuesto, pero fue un concierto extraño. Mucho “El Salmón”, mucho “On the rocks”. Pocas canciones nuestras, pero lloré con “Los chicos” por mi papá y por Agustín, “mis amigos que se fueron primero”.

La seguí buscando en la calle mientras caminaba a buscar mi auto y el viernes pensé en ir nuevamente al concierto, pero nadie me hizo segunda. Me dio miedo encontrarla por ahí con alguien que no fuera yo. Pinche ego.

“Debería dejarte,
irme lejos no volver,
pero es inútil negarlo,
tú me estas atrapando otra vez…”

El sábado me levanté con la certeza de que todo había acabado. “No llamó”, pensé. Y no creí que lo volviera a hacer. Pero en la tarde me mandó un mensaje al celular. Me dijo que tenía para mí una camiseta firmada por el gran Andrés Calamaro y me ofreció nuevamente su corazón.

El autógrafo de Andrés

El autógrafo de Andrés

Yo no estoy enojada, me dijo, “igual somos amigos, porque para enemigos, hay un montón de gente”.

El “Salmón” está de vuelta y como aquel octubre del 2008, estaremos juntos en el Auditorio Nacional el día 29.

AC by AC

AC by AC

Los Stones en mi cabeza

Publicado: septiembre 29, 2010 en Música, mis demonios, Rock
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El domingo pasado tocaron los Stones en el DF y como no tenía boleto para el concierto, me flagelé toda la mañana oyendo lo que mis oídos no podrían escuchar horas más tarde. Pero el tormento comenzó horas antes, la tarde del sábado, cuando tirado con Adriana en un sillón me encontré con un programa especial de sus “Satánicas Majestades” en Telehit.

La vieja recopilación que me prestó Abraham

No sé qué carajos traía en la cabeza en noviembre que se me pasó la preventa de las entradas para los Stones, pero cuando reaccioné ya era demasiado tarde para intentar conseguir una y demasiado caro para mi bolsillo.

No recuerdo con certeza cuándo fue la primera vez que el nombre de los Rolling Stones entró a mi cabeza, pero sí que cuando entré a la Secundaria 10, en Mixcoac, Alfonso Arroyo llevaba un cuaderno forrado con la famosa lengua “estoniana” que yo me encargaba de dibujar en cualquier papel que tuviera enfrente.

De su música, ni idea. En aquel lejano 1983 descubrí el heavy metal y durante años fue lo único que escuché, por lo que a los Stones, como a muchas otras cosas en mi vida, llegué tarde. Lo que sí recuerdo vagamente es que, años más tarde, Abraham Echauri me prestó un LP con una recopilación mexicana de la banda, escuché “Jumpin’ Jack Flash” y me conmocionó.

Después recordé que alguna vez la había escuchado en Radio Universal (“Jack El Saltarín”, la presentaban) y en “Rock a la Rolling”, un programa dedicado a los Stones en alguna estación de AM. Por cierto, a manera de paréntesis tengo lanzar una pregunta: Si los Beatles se desintegraron en 1970 y los Stones siguen tocando, ¿por qué chingaos en el radio hay dos horas diarias del cuarteto de Liverpool y nada de los Stones?

Alonso Ruiz me invitó al concierto de 1995, la primera visita de los Stones a México, lo cual le voy a agradecer toda la vida, pese al bochorno que supuso verlo detenido por los granaderos que le sacaron de las bolsas de la chamarra una botella de agua, un frasco de cloraseptic, un inhalador Vick y un cilindro de gas para el asma.

Como generalmente me pasa en cualquier concierto, la emoción previa fue mayor que el momento de la verdad, por lo que no recuerdo con exactitud cuál fue la canción que disfruté más. Para esos años, y después de mi pasado metalero, los Stones ya habían pasado a ser un referente musical de mi vida, pese a tener sólo unos cuantos discos de recopilaciones, el “Sticky fingers” y el “Let it bleed”.

Lo que más recuerdo de aquella noche de enero es a una pareja cuarenteañera que estaba una fila adelante de nosotros, con un par de hijos adolescentes que vestían camisetas de Guns and Roses. Cuando en los altavoces comenzaron a sonar los primeros acordes de “Angie”, la pareja se volteó a ver y con lágrimas en los ojos se dieron un abrazo eterno. A su lado, los dos émulos de Axel Rose se voltearon a ver con cara de “¡Chale!”, mientras Alonso ahogaba una carcajada y me volteaba a ver.

Alonso fue un capítulo aparte esa noche. Después del confuso incidente con los policías, que le quitaron la botella de agua y el cloraseptic, mi amigo se la pasó tragando gas para el asma, inhalando su Vick Vaporrub y dando sorbos a una nueva botella de agua, en una extraña danza estoniana. Pese a todo, disfruté mucho aquel concierto.

Tres años después los Stones volvieron a México en la gira del “Bridges to Babylon”, que no era un gran disco, pero sí una buena oportunidad para escuchar y ver en directo otro “greatest hits”, como en el 95.

El concierto era un sábado por la noche pero, ¡maldición!, yo ya trabajaba en el diario Reforma y ese día, justo ese día me habían enviado a un Toluca-Monterrey, a las tres de la tarde. El resultado de ese día fue intrascendente, creo recordar que fue un empate y que el “Ojitos” Meza me humilló por una pregunta pendeja que le hice:

“Señor, ¿pesaron las ausencias en su equipo?”, pregunté, cuestionando si en el resultado había pesado la no alineación del paraguayo Cardozo. “Mire joven, en el partido que yo vi jugamos 11 contra 11”. Retiré mi grabadora y salí volando rumbo a la redacción, en el DF.

Paré en un McDonalds de la carretera a comprar una hamburguesa de plástico y enfilé a más de 140 kilómetros por hora rumbo a la ciudad. En el camino me emocionaba cuando veía autos que venían al DF a ver los Stones. Los delataban las leyendas que con pintura blanca habían hecho en los medallones de sus autos.

Llegué a la redacción casi a las seis de la tarde, dos horas antes de que la fiesta comenzara en el ya entonces llamado Foro Sol. Padilla me pidió sólo una crónica del juego, pero cuando me disponía a partir junto a Pepe Toño, Jesús, Simón y Manolo, me dijo que los regios necesitaban una nota con las entrevistas de sus pinches Rayados.

Todos, menos Manolo, se fueron a  ver al Tri, mientras yo vaciaba en un documento de word las pinches declaraciones de esos ojetes. Manolo, con quien compartí aquella noche mi único concierto en 20 años de amistad, me esperó paciente y nos fuimos en taxi al Foro Sol. Afortunadamente, llegamos cuando Lora lanzaba sus últimos alaridos y encontramos sin problema al Chuy y a los demás.

Al Chuy le había dicho que me saldría del Foro Sol si tocaban “Gimme shelter”, que en aquel 98 se había convertido en mi canción predilecta y entonces sucedió. ¡Milagro! Fue la sexta canción de aquella noche. “La tocaron, la tocaron”, repetía como loco mientras abrazaba al Chuy, que sólo me dijo: “A ver, salte ahora, cabrón…”.

En los últimos años la relevancia de los Stones en el “soundtrack” de mi vida ha aumentado y no sé por qué. En el 2002, Ivan fue de viaje a Detroit y me compró mi primera camiseta de los Stones, y un año después, en mi cumpleaños, recibí de regalo una biografía increíble de la banda. Tampoco se me olvida que en el 2003, en Alemania, tocaron juntos los Stones y AC/DC, y en algún momento me cruzó por la cabeza la idea de ir a ese concierto.

El sábado, después de ver algunos viejos videos de la banda en Telehit, decidí apagar la televisión porque serán muy los Stones, pero no me inspiran para hacer el amor con mi novia. El resto de la tarde nos seguimos preguntando, sin culparnos, por qué no habíamos comprado boletos en noviembre, y de regreso a casa puse un CD de esos que regaló cocacola con motivo de la primera visita a México de “sus satánicas”, en enero de1995.

En el auto, Adri me siguió contando de su amor adolescente por Jagger, de que traducía las letras de las canciones sólo con su diccionario, “antes de que existiera el traductor de Google”, me dijo, lo cual me causó risa y ternura.

La dejé y me fui a casa. Lo primero que hice al llegar fue buscar mi camiseta negra con esa lengua mágica al frente y la dejé sobre la cama. ¡Oh, sorpresa! El domingo me la puse y no me quedó. Me quedaba bastante ajustadita y, como me dijo Adri cuando intenté imitar algunos pasos “jaggerescos”, me sobran muchos kilos para sentirme Mick Jagger.

Camino a la oficina puse lo mejor de mi repertorio estoniano y canté con ganas hasta llegar a mi lugar de trabajo. Pero ya no pensé más en lo que no pudo ser. La traición estaba consumada.

Durante el día traté de evitar cualquier noticia acerca del concierto y regresé a mi casa pasadas las 11 de la noche, cuando el recital, seguramente, estaba por terminar. Al salir de la oficina metí en el estéreo el “Let it bleed” y lo escuché completo.

Repetí un par de veces el inicio de “Midnight rambler” antes de estacionarme. Sentí un ligero gusto a Jack Daniels en mi paladar antes de bajarme del auto. El tormento por no haber visto a los Stones en su tercera visita al DF había acabado, pero el sentimiento de culpa por no haber estado ahí creo que no desaparecerá jamás.

Lunes 27 de febrero, 2006