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Un viernes de 1998, después de una noche de cervezas en casa y de escuchar hasta el hartazgo el “Comfort y música para volar”, de Soda Stereo, fui a la Yamaha de Insurgentes Sur y me compré un bajo azul. Mi sueño era armar una banda con amigos y tocar en el Naked City. Al bajo le puse calcomanías de Biohazard y Raiders, pero después de varios palomazos la única rola que saqué completa fue “Crazy train”, de Ozzy Osbourne.

Tras varios intentos fallidos por aprender a tocar, reconocí mi falta de tiempo y, principalmente, de talento para hacerlo, por lo que decidí vender bajo y amplificador. A decir verdad, no lo vendí, fue un trueque con Mauro: “Te doy mi equipo y me abres una cuenta hasta que consuma el precio acordado por las cosas”. Pensé que iba a chupar “gratis” un año, pero creo que me bebí todo en menos de dos meses.

Nunca pude sacar el riff de “Entre caníbales” ni tampoco “hacer ruido” en el bar, pero el sueño de ver aquel bajo azul sobre el escenario del Naked City me lo cumplió este chavo, Alfredo Jaime, el hijo de Mauro, quien le dio la vuelta al instrumento (es zurdísimo), formó su grupo y se puso a tocar. En uno de mis cumpleaños, Blind Justice fue la banda abridora.

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Vasos vacíos

Publicado: agosto 30, 2017 en CDMX, De la calle, Rock, Uncategorized

 

 vasos vacíos

“If you could deal with your reflection,

I’m sure you’d see into my eyes,

There’ll be no need for resurrection,

Let’s drink to people of the lies”

“Demon alcohol”, Ozzy Osbourne

 

Para Manolo Almazán y Hugo W., donde quiera que esté.

“¿Le has dicho más de una vez a una ‘teibolera’ que la vas a sacar de trabajar y te vas a casar con ella?… Si lo has hecho, éste es el lugar que estabas buscando”.

La broma le quita dramatismo al momento, te arranca una sonrisa, te relaja… Estás a punto de ingresar a tu primera junta de Alcohólicos Anónimos y convertirte en uno de los aproximadamente 300 mil mexicanos que acuden a las juntas que ofrecen miles de centros de AA a lo largo del país.

Te muestras avergonzado y no levantas la cara, no miras a los ojos a pesar de la cálida recepción que te dieron los ‘compañeros’ en el café de la esquina cuando Marcelo, al que desde hoy llamarás padrino, te presentó.

Buscas un lugar en la primera fila del salón frente al escritorio donde ves varios libros, un reloj y una campana. Al otro lado hay un sillón. En la pared, debajo de un tragaluz, está un crucifijo de madera desde donde Cristo observa, misericordioso, a algunos de sus hijos más descarriados… y divertidos.

La junta está por comenzar y alguien de tu edad se te acerca: “Bienvenido, compañero’. Dice mientras te palmea la pierna. ‘¿Sabes qué?, tú tienes una gran ventaja al estar aquí, llegaste solo… A mí me llevó mi suegro a punta de chingadazos a un ‘anexo’, ahí sí está cabrón”. Alguien ha puesto sobre el escritorio un pastel con tres velitas y una morena joven y guapa toca una campana. La junta está por comenzar.

“Buenas tardes compañeros, mi nombre es Andrea y soy una enferma alcohólica y drogadicta, estamos por comenzar una junta más del grupo, que hoy voy a coordinar porque cumplo tres años aquí. Si hay alguien que venga por información, por favor levante la mano y diga su nombre”.

La voz te tiembla y tu cuerpo se estremece cuando levantas la mano y te presentas. Observas fijamente a Andrea y sientes en tu espalda las miradas curiosas de los compañeros.

Andrea deja el escritorio y se sienta en el sillón. Viste un vestido blanco de manta y unas elegantes sandalias del mismo color. Luce preciosa con el pelo negro y lacio que cae sobre sus facciones perfectas, su cuerpo menudo y firme, sus pies delicados y coquetos. Su cara te parece familiar, crees reconocerla de algún lado.

Comienza a dar las gracias a todos los presentes, a sus padrinos, a su madre, a su esposo y a su pequeño bebé que están en primera fila, del otro lado del pasillo. De pronto voltea y clava su mirada en ti, sus ojos negrísimos te intimidan. Piensas que está molesta, eres el nuevo y le has arruinado la fiesta de aniversario que quería compartir con sus amigos. Pero no es así, con una voz dulce que te conmueve, te agradece por estar ahí. Para ella es un regalo compartir su testimonio de vida después de tres años de sobriedad.

Te cuenta de sus años en la ‘actividad’ y de sus tres intentos de suicidio; de los 12 pasos y las 12 tradiciones de Alcohólicos Anónimos; te muestra a su bebé de un año como testimonio de su nueva vida; te platica de su etapa como modelo. ¡Lo sabías! Su cara te resultaba familiar, su rostro es inolvidable.

Andrea llama a la tribuna a sus amigos y uno a uno suben a felicitarla y a compartir su experiencia. Un médico, un abogado, un comerciante y un empresario se congratulan con ella y voltean a verte para darte la bienvenida, comparten contigo alguna de sus experiencias y te dejan todos el mismo mensaje: ‘Sí se puede’.

Han pasado casi dos horas y en tu mente confundida tratas de analizar los testimonios que has escuchado. De repente, te regresa a la realidad el rezo colectivo de un Padre Nuestro y la Oración de la Serenidad, sello indeleble de AA. Terminan cantando su versión particular de ‘Las Mañanitas’ (“… a los mu-chachos borrachos, se las cantamos aquí”). Estás a punto de llorar.

Marcelo se acerca y te da un abrazo: “Todo está bien”, te dice mientras te presenta con otros ‘compañeros’. Andrea se acerca y te felicita por tu presencia.

El salón está lleno de humo de cigarro, de olor a café y del aroma a perfumes caros. Miras a tu alrededor y te parece difícil creer que todas esas personas que se han portado tan amables contigo tengan un pasado de dolor provocado por las drogas y el alcohol. Desde el fondo del salón se levanta un hombre de pequeña estatura vestido elegantemente. Los demás lo saludan indiferentes, pero él llega frente a ti y se presenta: “Hola, qué tal, yo me llamo Egidio y soy médico, estoy para servirte. Qué bueno que estás aquí. El éxito de esto depende de la constancia. Te esperamos mañana”. Agradeces la cortesía y buscas a Marcelo entre la gente. Es el momento de partir.

‘No te compares’

Es tu segundo día. Llegas temprano y alcanzas una parte de la junta para principiantes. Te presentas y te escuchan un par de preparatorianos y un estudiante de economía de una universidad privada. La junta la coordina Ricardo, un ingeniero civil cuarentón y fanático del rock progresivo. Te extiende una tarjeta con su teléfono y te dice que le llames “con confianza” si en algún momento tienes ganas de beber: “Yo también fui chavo y te entiendo. A veces me daban ganas de seguir en el reventón con mis cuates, pero no te atormentes, llévatela leve, no pienses que ya nunca vas a volver a chupar, piensa en que hoy no lo vas a hacer, sólo por hoy, mañana quién sabe, pero hoy no”.

Tu padrino no va a la junta regular de los miércoles y te sientes desamparado en el salón, pero Egidio y un par de compañeros más te felicitan por estar nuevamente ahí.

Michel es uno de los padrinos más socorridos del grupo. Siempre serio y elegante, abandona constantemente el salón para platicar con algún compañero.

“A mí me trajo un ángel a este grupo”, lo escuchaste decir dirigiéndose a ti la tarde anterior, “me dejó en la puerta y me dijo: ‘Yo ya te traje hasta aquí, es tu pedo si te quieres salir’. Y me dio tanto miedo que aquí me quedé”.

Ves caras nuevas y encuentras entre los asistentes rostros conocidos, como el de un veterano actor y el de una actriz de segunda línea que salía en un programa cómico a mediados de los 80. Es tu primera junta en forma y comienzas a escuchar testimonios que te dejan con la boca abierta.

Como tú el día anterior, alguien se acercó al grupo a pedir información. Es un muchacho no mayor de 20 años con los ojos invadidos de pánico y una mirada huidiza que constantemente clava en el piso. Te preguntas si tú lucías así 24 horas antes.

A los dos les recuerdan que el alcoholismo es una enfermedad incurable, progresiva y mortal, que no respeta raza, edad, religión o condición social; que no necesitan terminar tirados en la calle para ser unos “teporochos”; que todos están enfermos…

Te aterra imaginar lo que podría ser nunca volver a escuchar una canción de los Rolling Stones con una cerveza en la mano. Vas por un vaso de agua y tratas de analizar lo que has escuchado.

“Nunca he chocado con copas encima, no perdí el trabajo, no he caído en el ‘bote’, nunca me drogué, no me he prostituido por el vicio, mi familia me quiere…” Piensas mientras sales de la junta muy seguro de ti mismo, pero una llamada de Marcelo te vuelve a la realidad: “No te compares, nunca te compares con los demás… A lo mejor tu ‘fondo’ es más leve que el de otras personas, pero si ahora te sientes incómodo por tu manera de chupar es importante que le pongas el alto, ¿vas a pararle cuando mates a alguien, cuando te quedes sin familia?”. Las palabras de tu padrino te hacen recordar tus borracheras de antaño.

‘Todos estamos enfermos’

Es jueves y llegas a la junta media hora antes de que inicie. Te quedas parado en la acera y ves entrar a los compañeros. Te llama la atención una señora que llega con su chofer; la mirada de tristeza de algunos adolescentes que han sido obligados por sus padres a asistir al grupo. Egidio te saluda antes de entrar y Marcelo te mira de reojo. El “doctor”, como lo conocen ahí, no es muy querido en el grupo: “Le dio de tomar a una de sus pacientes y la violó”, te cuentan.

Entras al salón y te sientas en una esquina, desde ahí observas a tus compañeros. Ves a los padrinos más influyentes sentados en las filas de atrás. Ves a los chavos de las filas de adelante platicando, mientras una señora con acento extranjero cuenta en la tribuna cómo se prostituía con taxistas para conseguir otra “piedra”. Te llama la atención, por sobre todas las cosas, la mirada perdida de Bárbara al contar que tiene una lesión cerebral irreversible por el abuso de la cocaína y el alcohol y que nunca se va a poder embarazar.

Los rostros serios, con el sufrimiento a cuestas, contrastan con la actitud “cool” de otros compañeros sentados con cara de “aquí no pasa nada”. La mirada de enojo de Guillermo, un empresario venido a menos que se niega a aceptar su alcoholismo, es diametralmente opuesta al semblante de resignación de Pepe, un veterano funcionario de banco que arranca algunas sonrisas, entre ellas la tuya, con su sincera confesión: “Yo soy alcohólico porque me encantaba el pedo, así nomás”.

Las carcajadas estallan cuando un cuarentón con el pelo canoso narra con cinismo: “Para dejar de chupar intenté de todo, ¡hasta me compré un perro!”

Miras la cara de tus compañeros y te intriga saber qué culpas esconderá cada uno, qué heridas intentan reparar; piensas en las tuyas propias.

Descubres sentada adelante de ti a la ex integrante de un grupo musical muy de moda cuando tú eras niño y te sorprende lo demacrada que se ve; enfrente ves a un conductor de televisión y a un cantante que, según te cuentan, llegó ahí meses atrás acompañado por su hermano.

Escuchas a Elizabeth, una rubia de gran estatura. Tiene 22 años y se cortó las venas una semana atrás. Se disculpa por no haber ido a las juntas y confiesa que también asiste al psicoterapeuta y a un grupo de ayuda para mujeres con trastornos de alimentación. “Qué loco”, piensas, “adicta a los grupos de autoayuda, como Edward Norton en ‘El Club de la pelea’, qué loco, me cae”.

“Que buenas viejas hay aquí”, le dices a Marcelo apenas termina la junta, pero tu padrino, un ‘donjuán’ empedernido, te responde molesto: “Pues sí, cabrón, pero aquí no venimos a buscar novia. Agarrar aquí a una vieja buena es fácil por la soledad con la que todos llegamos, pero la experiencia dice que cuando empiezas a salir con alguien del grupo y uno recae, se carga la chingada a los dos”.

Escuchas el Padre Nuestro y rezas la Oración de la Serenidad. “… valor para cambiar las cosas que puedo”. La frase te rebota en la cabeza, pones un billete de 20 pesos en la canasta y te llevas las tazas sucias a la cocina.

‘Sólo por hoy’

La junta del viernes es menos concurrida que las de los otros días: “Es normal”, te dice con su voz ronquísima una cuarentona que te recuerda a Lorena Velázquez en una película de El Santo. “A veces a mí también me da hueva venir los viernes y me voy con los muchachos a un Vips, a Coyoacán, a un concierto… Nos gusta seguir saliendo, pero ya no chupamos”. Ella sube a la tribuna esa tarde y cuenta que volvió a discutir con su hijo, que también es alcohólico.

Con Michel has platicado poco, pero su experiencia te ha ayudado. Habla mucho, pero no te dice más de lo que ya sabes: “No tenemos un padrón de miembros, a este grupo, yo creo que vienen unas 200 personas, pero a quién le importan las estadísticas, lo que queremos es ayudar. La decisión es tuya”.

Marcelo entra y te saluda a lo lejos. No se queda mucho tiempo y lo ves salir de prisa. Te hace una seña de que luego te llama. Escuchas arrancar su auto. Te dan ganas de salir.

Volteas a ver el reloj y te sales del salón. Enciendes el celular y revisas tus mensajes: hay una invitación para jugar dominó, otra para una lunada en Xochimilco y la última “para ver qué hacemos”. Te sientes tentado a contestar a cada una de ellas, pero algo te dice que no. Sientes un gran vacío en el pecho y te paras en la puerta del salón. Ya no te dan ganas de entrar. Suena el teléfono. Te invitan a una fiesta más tarde. Tu respuesta es tajante: “No, sólo por hoy no”.

Star Wars

Odio todo lo que tenga que ver con esta película, pero el año pasado hice un repaso por los grandes acontecimientos deportivos del año en que nació esta gran saga.

El año del estreno de “Star Wars”, 1977, fue un año clave para la cultura pop.

El filme de George Lucas, estrenado el 25 de mayo y protagonizado por Harrison Ford, Carrie Fisher y Mark Hamill, se convirtió en todo un suceso, el mismo año que “Rocky“, que lanzó a la fama a Silvester Stallone ganaba el Oscar a la mejor película (“Star Wars” fue nominada a 11 premios de la Academia y ganó seis estatuillas entre los filmes estrenados en 1977).

Otras películas estrenadas en 1977 fueron “Fiebre de sábado por la noche”, “Domingo Negro” y “Encuentros cercanos del tercer tipo”.

El libro más vendido ese 1977 fue “El Resplandor“, de Stephen King, que años más tarde inmortalizaría en la pantalla grande Jack Nicholson. En la radio dominaba la música disco, pero también sonaban clásicos como “Hotel California”, de Eagles, “Don’t stop”, de Fleetwood Mac, “Tonight’s the night (Gonna Be Alright)”, de Rod Stewart y “Dancing Queen”, de ABBA.

El Premio Nobel de la Paz fue ganado por Amnistía Internacional y el de Literatura por el poeta andaluz Vicente Aleixandre.

REINAN RAIDERS, YANQUIS Y BLAZERS
En el Super Bowl XI, celebrado el 9 de enero de 1977, los Oakland Raiders ganaron el primero de sus tres anillos al superar 32-14 a los Vikings de Frank Tarkenton; el MVP fue para el receptor de los californianos Fred Biletnikoff y el himno estadounidense fue cantado por Vicki Carr.

El Heisman de ese 1977 fue ganado por el full back de la Universidad de Texas, Earl Campbell, y la segunda selección del Draft de la NFL fue para los Dallas Cowboys, que eligieron a otro corredor: Tony Dorsett. El pateador mexicano Rafael Septién fue elegido en la décima ronda por los New Orleans Saints.

La Serie Mundial de aquel año fue ganada por los Yanquis de Nueva York de Billy Martin, a los Dodgers de Los Ángeles de Tom Lasorda. Los Mulos, que no ganaban un campeonato desde 1962, se impusieron en seis juegos (4-2). El MVP fue Reggie Jackson, que había llegado como agente libre al inicio de la temporada.

En la NBA, los Portland TrailBlazers de Bill Walton, se impusieron en seis partidos a los 76ers de Filadelfia del “Dr. J”, Juliuis Erving, mientras que en la NHL los Canadians de Montreal ganaban su segunda Stanley Cup consecutiva a costa de los Boston Bruins.

EUROPA SE PINTA DE ROJO
En la vieja Liga de Campeones de Europa, el Liverpool rompía la hegemonía del Bayern Munich y ganaba la primera de sus dos “Champions” de la década a costa del Borussia Mönchengladbach. La Juventus se impuso en la Final de la Copa UEFA al Athletic de Bilbao y en la extinta Recopa se coronó el Hamburgo.

En México, Pumas ganaba su primer campeonato de Liga al derrotar en la Final a la Universidad de Guadalajara; en España reinaba el Atlético de Madrid de Luis Aragonés; Italia era dominada por los equipos de Tutín, con la Juventus como campeona y el Torino un paso detrás; en Inglaterra el Liverpool era el rey, y en Alemania eran los años de gloria del Mönchengladbach.

La Copa Libertadores fue para Boca Juniors (derrotó al Cruzeiro en penalties) y la Intercontinental también para el cuadro argentino, que se impuso al Gladbach.

OTROS DEPORTES
Aquel fue el año dorado para el tenista argentino Guillermo Vilas, que disputó tres Finales de Grand Slam y ganó dos: Roland Garros y el US Open; Australia fue para el estadounidense Roscoe Tanner y Wimbledon para el sueco Björn Borg.

El campeonato de Fórmula Uno fue para el austriaco Nikki Lauda, de Ferrari y las 500 millas de Indianápolis fueron ganadas por el legendario A.J. Foyt.

1977 fue el último gran año para Muhammad Ali, que defendió dos veces su título de los pesados con éxito ante Alfredo Evangelista y Ernie Shavers, antes de caer con Leon Spinks en febrero de 1978.

Diciembre 17, 2015

Los Stones en mi cabeza

Publicado: septiembre 29, 2010 en Música, mis demonios, Rock
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El domingo pasado tocaron los Stones en el DF y como no tenía boleto para el concierto, me flagelé toda la mañana oyendo lo que mis oídos no podrían escuchar horas más tarde. Pero el tormento comenzó horas antes, la tarde del sábado, cuando tirado con Adriana en un sillón me encontré con un programa especial de sus “Satánicas Majestades” en Telehit.

La vieja recopilación que me prestó Abraham

No sé qué carajos traía en la cabeza en noviembre que se me pasó la preventa de las entradas para los Stones, pero cuando reaccioné ya era demasiado tarde para intentar conseguir una y demasiado caro para mi bolsillo.

No recuerdo con certeza cuándo fue la primera vez que el nombre de los Rolling Stones entró a mi cabeza, pero sí que cuando entré a la Secundaria 10, en Mixcoac, Alfonso Arroyo llevaba un cuaderno forrado con la famosa lengua “estoniana” que yo me encargaba de dibujar en cualquier papel que tuviera enfrente.

De su música, ni idea. En aquel lejano 1983 descubrí el heavy metal y durante años fue lo único que escuché, por lo que a los Stones, como a muchas otras cosas en mi vida, llegué tarde. Lo que sí recuerdo vagamente es que, años más tarde, Abraham Echauri me prestó un LP con una recopilación mexicana de la banda, escuché “Jumpin’ Jack Flash” y me conmocionó.

Después recordé que alguna vez la había escuchado en Radio Universal (“Jack El Saltarín”, la presentaban) y en “Rock a la Rolling”, un programa dedicado a los Stones en alguna estación de AM. Por cierto, a manera de paréntesis tengo lanzar una pregunta: Si los Beatles se desintegraron en 1970 y los Stones siguen tocando, ¿por qué chingaos en el radio hay dos horas diarias del cuarteto de Liverpool y nada de los Stones?

Alonso Ruiz me invitó al concierto de 1995, la primera visita de los Stones a México, lo cual le voy a agradecer toda la vida, pese al bochorno que supuso verlo detenido por los granaderos que le sacaron de las bolsas de la chamarra una botella de agua, un frasco de cloraseptic, un inhalador Vick y un cilindro de gas para el asma.

Como generalmente me pasa en cualquier concierto, la emoción previa fue mayor que el momento de la verdad, por lo que no recuerdo con exactitud cuál fue la canción que disfruté más. Para esos años, y después de mi pasado metalero, los Stones ya habían pasado a ser un referente musical de mi vida, pese a tener sólo unos cuantos discos de recopilaciones, el “Sticky fingers” y el “Let it bleed”.

Lo que más recuerdo de aquella noche de enero es a una pareja cuarenteañera que estaba una fila adelante de nosotros, con un par de hijos adolescentes que vestían camisetas de Guns and Roses. Cuando en los altavoces comenzaron a sonar los primeros acordes de “Angie”, la pareja se volteó a ver y con lágrimas en los ojos se dieron un abrazo eterno. A su lado, los dos émulos de Axel Rose se voltearon a ver con cara de “¡Chale!”, mientras Alonso ahogaba una carcajada y me volteaba a ver.

Alonso fue un capítulo aparte esa noche. Después del confuso incidente con los policías, que le quitaron la botella de agua y el cloraseptic, mi amigo se la pasó tragando gas para el asma, inhalando su Vick Vaporrub y dando sorbos a una nueva botella de agua, en una extraña danza estoniana. Pese a todo, disfruté mucho aquel concierto.

Tres años después los Stones volvieron a México en la gira del “Bridges to Babylon”, que no era un gran disco, pero sí una buena oportunidad para escuchar y ver en directo otro “greatest hits”, como en el 95.

El concierto era un sábado por la noche pero, ¡maldición!, yo ya trabajaba en el diario Reforma y ese día, justo ese día me habían enviado a un Toluca-Monterrey, a las tres de la tarde. El resultado de ese día fue intrascendente, creo recordar que fue un empate y que el “Ojitos” Meza me humilló por una pregunta pendeja que le hice:

“Señor, ¿pesaron las ausencias en su equipo?”, pregunté, cuestionando si en el resultado había pesado la no alineación del paraguayo Cardozo. “Mire joven, en el partido que yo vi jugamos 11 contra 11”. Retiré mi grabadora y salí volando rumbo a la redacción, en el DF.

Paré en un McDonalds de la carretera a comprar una hamburguesa de plástico y enfilé a más de 140 kilómetros por hora rumbo a la ciudad. En el camino me emocionaba cuando veía autos que venían al DF a ver los Stones. Los delataban las leyendas que con pintura blanca habían hecho en los medallones de sus autos.

Llegué a la redacción casi a las seis de la tarde, dos horas antes de que la fiesta comenzara en el ya entonces llamado Foro Sol. Padilla me pidió sólo una crónica del juego, pero cuando me disponía a partir junto a Pepe Toño, Jesús, Simón y Manolo, me dijo que los regios necesitaban una nota con las entrevistas de sus pinches Rayados.

Todos, menos Manolo, se fueron a  ver al Tri, mientras yo vaciaba en un documento de word las pinches declaraciones de esos ojetes. Manolo, con quien compartí aquella noche mi único concierto en 20 años de amistad, me esperó paciente y nos fuimos en taxi al Foro Sol. Afortunadamente, llegamos cuando Lora lanzaba sus últimos alaridos y encontramos sin problema al Chuy y a los demás.

Al Chuy le había dicho que me saldría del Foro Sol si tocaban “Gimme shelter”, que en aquel 98 se había convertido en mi canción predilecta y entonces sucedió. ¡Milagro! Fue la sexta canción de aquella noche. “La tocaron, la tocaron”, repetía como loco mientras abrazaba al Chuy, que sólo me dijo: “A ver, salte ahora, cabrón…”.

En los últimos años la relevancia de los Stones en el “soundtrack” de mi vida ha aumentado y no sé por qué. En el 2002, Ivan fue de viaje a Detroit y me compró mi primera camiseta de los Stones, y un año después, en mi cumpleaños, recibí de regalo una biografía increíble de la banda. Tampoco se me olvida que en el 2003, en Alemania, tocaron juntos los Stones y AC/DC, y en algún momento me cruzó por la cabeza la idea de ir a ese concierto.

El sábado, después de ver algunos viejos videos de la banda en Telehit, decidí apagar la televisión porque serán muy los Stones, pero no me inspiran para hacer el amor con mi novia. El resto de la tarde nos seguimos preguntando, sin culparnos, por qué no habíamos comprado boletos en noviembre, y de regreso a casa puse un CD de esos que regaló cocacola con motivo de la primera visita a México de “sus satánicas”, en enero de1995.

En el auto, Adri me siguió contando de su amor adolescente por Jagger, de que traducía las letras de las canciones sólo con su diccionario, “antes de que existiera el traductor de Google”, me dijo, lo cual me causó risa y ternura.

La dejé y me fui a casa. Lo primero que hice al llegar fue buscar mi camiseta negra con esa lengua mágica al frente y la dejé sobre la cama. ¡Oh, sorpresa! El domingo me la puse y no me quedó. Me quedaba bastante ajustadita y, como me dijo Adri cuando intenté imitar algunos pasos “jaggerescos”, me sobran muchos kilos para sentirme Mick Jagger.

Camino a la oficina puse lo mejor de mi repertorio estoniano y canté con ganas hasta llegar a mi lugar de trabajo. Pero ya no pensé más en lo que no pudo ser. La traición estaba consumada.

Durante el día traté de evitar cualquier noticia acerca del concierto y regresé a mi casa pasadas las 11 de la noche, cuando el recital, seguramente, estaba por terminar. Al salir de la oficina metí en el estéreo el “Let it bleed” y lo escuché completo.

Repetí un par de veces el inicio de “Midnight rambler” antes de estacionarme. Sentí un ligero gusto a Jack Daniels en mi paladar antes de bajarme del auto. El tormento por no haber visto a los Stones en su tercera visita al DF había acabado, pero el sentimiento de culpa por no haber estado ahí creo que no desaparecerá jamás.

Lunes 27 de febrero, 2006